Luis Alberto García

La forma circular

Agítese antes de Leer

"El promedio de vida de Dios es tres minutos". Esta frase lapidaria y contundente se la debemos al genial Pablo Fernández Christlieb y uno de sus magníficos ensayos contenidos en el libraco "Filosofía de las canciones que salen en el radio". Dicho periodo de tiempo hace referencia a la duración estándar de una canción debido a la limitante histórica que presentaron los discos de vinilo cuando aparecieron a principios del siglo XX.

Los surcos llegaron para quedarse y sustituir, además, a los viejos cilindros por allá de los años 20. En aquel entonces los discos que reproducían en los gramófonos con sus poderosísimas 78 revoluciones por minuto solo podían contener grabaciones de tres minutos en cada uno de sus lados.

Aunado a su poca capacidad, nos encontramos de forma paralela a la industria musical, ese monstruo sediento de notas musicales y dinero que, exigía y demandaba canciones 180 segundos para que cualquier radio respetable hiciera sonar un single y convertirlo, a la postre, en un éxito entre la multitud. Con ello quedó establecida una regla, no dicha, y un formato físico establecido que dio paso a un modelo económico.

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Con el tiempo, la evolución de la tecnología y la llegada de los discos compactos esta extensión estándar ha quedado relegada a la música pop y se le ha insuflado una chispa a Dios llegando a extender su vida por arriba de los 10 o 15 minutos, como en el caso del metal o el post punk. Entrando en materia les recomiendo darle play al bellísimo tema "Ashes in the Snow" de la banda japonesa MONO, que estará visitando este año nuestro país. No se los pierdan, avisados están.

Hablando del tiempo y la música, hay un tema que pareciera ser generacional y que me gustaría poner sobre la mesa de palabras que ahora se construye: ¿Usualmente escuchaban o acostumbraban a oír un disco completo?, ¿Hace cuánto tiempo no escuchan un disco de la primera a la última canción sin brincar ninguna?

Este, por cierto, es un tema común y recurrente con mis amigos que, al igual que a mí, les gusta la música. Hemos vertido ríos de palabras y recuerdos añorando aquellas épocas en las que íbamos, por ejemplo, a Discolandia, en el centro de Toluca, para adquirir un cassette o un elepé, llegar a casa y comenzar un ritual que incluía escuchar con atención todas y cada una de las canciones incluidas en el vinilo/cassette/disco compacto, saboreando y atesorando cada una de las letras, los ritmos y las historias, haciéndolas nuestras.

Con el tiempo, recuerdo que colocaron audífonos en las tiendas para escuchar los discos nuevos que aparecían y, tras darles una escuchada, podías decidir si te lo llevabas o no.

El punto acá, y la hipótesis, es que la falta de tiempo (debido al afán, la vida, los quehaceres y el trajín diario) además de la posibilidad de escuchar vía streaming cualquier canción, sin necesidad de comprar físicamente un disco, provoca la comodidad y la posibilidad de enfocarnos directamente en sencillos que adelantamos o retrocedemos a voluntad (¡qué años aquellos de usar una pluma o un lápiz para regresar la cinta de un cassette!) o accedemos a listas de éxitos de distintos géneros.

Y, ojo, nadie dice que esto sea malo. Todos, invariablemente, terminamos cediendo a la tecnología y la escucha de los hits del momento. Simplemente es dejar claro que se trata de un reflejo más de esta forma de vida, rápida, cargada de quehaceres y poco tiempo. Una vida que, ya lo cantaban lo Tacvbos:

Gira y da vueltas Y rueda girando Gira y da vueltas Y rueda, y rueda.

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