Luis Alberto García

De lápidas e ídolos

Agítese antes de leer

En la literatura épica hay un dejo de romanticismo en la muerte de los héroes. En esas grandes epopeyas, donde se forjan los mitos y se baten a duelo guerreros y dioses, además de vivir batallas legendarias, las vicisitudes y posteriores pérdidas de los protagonistas eran cantadas por los aedos de manera proverbial.

No vayamos más lejos: seguro les ha pasado que la partida de un personaje en alguna película o libro les parte el corazón y, a la postre, deja un gran vacío. A mí me sucedió, por poner un ejemplo, cuando comencé a leer Game of Thrones y de repente, ¡pum!, muerte por aquí, otra por allá, y de pronto te invade el miedo de entregar tu corazón en la ficción por miedo a salir lastimado.

En la vida real, donde el sino es uno solo y no hay forma de dar marcha atrás, ver morir a nuestros ídolos es (si esto es posible) peor. Alguien a quien se admira por sus logros, talento u obra, no solo es un ejemplo a seguir, sino también un role model; ya sea un actor, músico, nuestro autor de cabecera o un director de cine que amamos por su forma de captar la vida y retratarla a través de un lente. Elijan ustedes la profesión, que al final no importa, sino la admiración que nos provoca y lo que nos inspira.

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Basta recordar, por mencionar algunos casos famosos en nuestro país, la muerte de Pedro Infante, Cantinflas o Juanga, nuestro queridísimo Divo de Juárez. El fallecimiento del inigualable ídolo del cine mexicano (Peter Child pa' los cuates) ocurrido en un trágico accidente aéreo en Yucatán, tierra de Cucho de Don Gato y su pandilla, fue noticia nacional. Los medios de la época se encargaron de que cada detalle y reporte asociado al incidente llegara hasta el último rincón de la república mexicana y el mundo. Al funeral, por consecuencia, no solo se presentaron amigos y familiares sino miles de personas que, afectadas por su ausencia, decidieron que ese duelo, y su sentida partida, era también de ellos.

Con el tiempo, y ya convertido en toda una leyenda, hubo quien atestiguó que Pedrito, vivito y coleando, andaba pidiendo tacos en su puesto favorito y no faltó el que juraba se llegó a presentar como su doble con un chorro de voz en escenarios de poca monta y garitos perdidos de la ciudad. Y aunque Memo Ríos lo negaba rapeando por ahí de los 90, esta teoría ha sobrevivido y se replicó con Cantinflas y Juan Gabriel. El tema me recuerda que, en Cosa fácil, la segunda novela de Belascoarán Shayne, de Taibo II, el cotorro y desparpajado detective debe buscar al general Emiliano Zapata pues, dicen, su cuerpo no fue el que se desplomó carcomido por las balas en la Hacienda de Chinameca.

La semana pasada, el lunes para ser más exacto, nos enterábamos de la muerte de Sonny Rollins, una leyenda del jazz que dejó este mundo a los 95 años. Coloso de la música y un virtuoso saxofonista, tuvo la oportunidad de tocar con Max Roach,

Clifford Brown, John Coltrane, Thelonious Monk o Miles Davis. Cuentan, incluso, que el personaje de Los Simpsons, Encías Sangrantes Murphy, se creó inspirado en esta leyenda.

El músico se ha ido, pero siempre nos quedará su obra y eso, creo yo, hace que siga vivo. Que las pompas fúnebres se celebren a través de las notas que dejó marcadas en cada surco de un disco y en las melodías que brotan al darle play a cada uno de sus temas. Borges lo dejó muy claro en Los dos reyes y los dos laberintos: "La gloria sea con aquel que no muere".

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