¿Quién no conoce la historia de Macario? Un tipo humilde dedicado por entero a su trabajo, esposo abnegado y padre responsible que tiene una sola ilusión en la vida: comer un guajolote entero él solo, sin interrupciones y la presencia de su familia, con aquella mirada inerte, hambrienta y saboreando aquel alimento que, Dios bien lo sabe, es una simple recompensa por el enorme esfuerzo diario de llevar un poco de pan a la mesa. Y cuando, por fin, tiene esa increíble posibilidad frente a sus ojos, con un ave grande, jugosa y recién cocinada frente a él, en la completa soledad del monte, se dan cita, alternadamente, tres icónicas figuras que tratarán de convencerlo de compartir su comida.
Escrita por el misterioso autor Bruno Traven en 1950, Macario es una de sus novelas más conocidas y emblemáticas que fue adaptada al cine diez años más tarde bajo la dirección de Roberto Gavaldón, quien también se encargó de escribir el guión con Emilio Carballido, además de la fabulosa fotografía de Gabriel Figueroa quien, por cierto, fue el mejor amigo de Traven en México.
Grabada en los legendarios Estudios Churubusco, Taxco y las míticas y esquivas Grutas de Cacahuamilpa, contó con las actuaciones de Ignacio López Tarso y Pina Pellicer y fue estrenada en mayo de 1960 durante la edición 13 del Festival de Cine de Cannes; además de ser la primera cinta mexicana en contender por un Premio Oscar en la categoría de Mejor Película en Lengua Extranjera.
Decía que su autor es también una figura misteriosa pues a lo largo de su vida, y hasta hace unos años, poco se sabía sobre su identidad y su pasado, ya que el autor de origen alemán empleó múltiples seudónimos (al menos 10), dando paso a especulaciones acerca de su origen.
De acuerdo con una entrevista otorgada a BBC por sus familiares y albaceas literarios (y que ahora emplea la editorial Penguin en su biografía) fue Gabriel Figueroa quien les confesó que su verdadero nombre era Moritz Rathenau, hijo ilegítimo del industrial Emil Rathenau y la actriz irlandesa, Helen Mareck.
Su vida, casi como una novela de aventuras, transcurrió en alta mar, trabajando como marino mercante y se dedicó también a la actuación y dirección. Al terminar la Primera Guerra Mundial se convirtió en jefe de propaganda de un gobierno anarquista en Múnich lo que le valió una condena a muerte; no obstante, escapó y aunque fue apresado en Inglaterra, uno de sus seudónimos lo salvó y fue deportado. Llegó a nuestro país en 1924, donde se casó con su traductora y agente, con quien vivió hasta su muerte en 1969.
Parte de sus anécdotas navegando los mares se ven reflejadas en El barco de la muerte, una novela épica publicada en 1926 que cuenta la historia de un marino que queda varado en Europa hasta que es engañado para trabajar en un barco que, posteriormente descubrirá, es un viejo buque pirata, cuya tripulación moribunda y las condiciones inhumanas en las que trabajan, lo harán convivir de forma cercana con la muerte. Lo mejor de todo es que, al cumplirse este 2026, cien años de su lanzamiento, se ha hecho una reedición de sus obras con una nueva imagen, así que, si no están aún en su biblioteca, aprovechen y cómprenlas.
Por cierto, su novela El tesoro de la Sierra Madre fue llevada también al cine bajo la mirada de John Houston y el primer actor Humphrey Bogart, ganando nada menos que 3 estatuillas.
Lo mejor de todo: nuestro autor se presentó al set y se puso bajo las órdenes del director haciendo gala de otro seudónimo, diciendo que simplemente era Hal Croves, representante de Bruno Traven. ¡Vaya vuelta de tuerca!
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