En memoria de Carlos Alexander Ortiz Sánchez
Los que convivimos con jóvenes universitarios sabemos que detrás de una matrícula hay realidades muy distintas. Algunos tienen una familia que paga por sus estudios, pregunta si ya llegó a casa, advierte cuando algo no está bien y responde ante una eventualidad. Otros estudian junto a un empleo, viven solos, pasan apuros económicos o emocionales y aprenden demasiado pronto a lidiar con la vida sin el sostén de nadie.
No deja de ser una persona vulnerable por haber cumplido 18 años. Ser adulto legalmente tampoco significa tener las condiciones materiales, emocionales y sociales necesarias para afrontar solo la existencia.
No sé qué habría pasado con la historia de Carlos Alexander si hubiera tenido más acompañamiento. Sería irresponsable decirlo. Murió luego de un accidente de tránsito cuyas circunstancias deberán dilucidar las autoridades. Pero su historia obliga a plantear una pregunta distinta ¿cuántos jóvenes pasan a diario frente a nosotros en situaciones de vulnerabilidad que no somos capaces de identificar?
También es una pregunta para la administración pública.
Por años se han diseñado políticas y programas desde necesidades separadas. Existen becas para quien tenga dificultades económicas, atención psicológica para quien pida una consulta, apoyos alimentarios, tutorías y mecanismos de canalización. El problema surge cuando una misma persona requiere varias cosas al mismo tiempo y nadie observa el conjunto.
Dejémoslo claro, la vulnerabilidad rara vez llega ordenada por ventanillas administrativas. Un estudiante puede tener buenas notas y vivir sólo, mantener una beca y pasar por una crisis emocional, ir a clase todos los días y tener problemas económicos, problemas familiares, una profunda sensación de abandono. Quizá ninguna de las circunstancias, observada por sí sola, provoque alarma. Esa acumulación de su puede poner a una persona en una situación de riesgo que requiere acompañamiento.
Muchas instituciones superiores de enseñanza han progresado. Hay sistemas de alerta temprana, tutorías, atención psicológica, becas, y diversos programas de acompañamiento. Hay que reconocerlo. Pero un programa no garantiza llegar a quien más lo necesita.
Ahí está uno de los problemas. Muchos de los apoyos institucionales funcionan a demanda, alguien pide una beca, pide una consulta, acude con un tutor, comunica que tiene un problema. Pero puede ser que quien esté en una situación compleja sea precisamente el que tenga menos capacidad para pedir ayuda. Quizá desconozca los servicios, sienta vergüenza, normalice lo que vive o haya aprendido que sus problemas los debe resolver solo.
También la política pública tendría que ser capaz de actuar antes de la solicitud.
Las universidades deben fortalecer mecanismos para identificar, desde el ingreso y durante la trayectoria escolar, la acumulación de factores de vulnerabilidad como la ausencia de redes familiares, dificultades graves de vivienda o alimentación, precariedad económica, ausencias recurrentes, cambios abruptos en el desempeño o señales de deterioro emocional. Hacerlo exige proteger la privacidad y evitar la estigmatización, pero también contar con personal capacitado, trabajo social, atención psicológica y protocolos de seguimiento. Porque detectar tampoco basta. Cuando una institución identifica a un estudiante en situación vulnerable, alguien debe hacerse responsable de acompañar el proceso. No se trata de enviarlo de una oficina a otra, sino de ayudarlo a acceder a los apoyos y verificar que efectivamente los reciba.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad al Estado o a las universidades. Las familias tienen obligaciones, las comunidades construyen vínculos y cada persona desarrolla capacidades para conducir su propia vida. Pero una sociedad no debería aceptar que la ausencia de una familia termine convirtiéndose en ausencia de todos.
La administración pública suele evaluarse mediante presupuestos ejercidos, programas creados, beneficiarios atendidos y metas cumplidas, pero es necesario agregar una pregunta más incómoda, ¿somo capaces de reconocer a tiempo a quienes están quedándose solos?
La ausencia de Carlos Alexander me obliga a mirar alrededor.
Tal vez hoy, en algún salón universitario, haya otro joven inteligente, alegre y aparentemente fuerte que al terminar sus clases regresa a enfrentar solo su vida. Quizá no necesita compasión. Necesita ser visto.
Una administración pública sensible no puede comenzar únicamente cuando alguien llega a una ventanilla y consigue decir "necesito ayuda". También debe ser capaz de reconocer a quien todavía no sabe cómo pedirla y actuar antes de que la soledad, la precariedad o el abandono terminen por colocarlo en una situación de mayor riesgo.
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