La publicación del Programa Anual de Auditorías 2026 del OSFEM marca una señal relevante en el terreno de la rendición de cuentas, no solo por el volumen de revisiones anunciadas, sino por el alcance institucional que abarca a poderes, órganos autónomos y gobiernos municipales. El énfasis en auditorías de cumplimiento, desempeño, legalidad e inversión física sugiere una intención de revisar no sólo cómo se gasta, sino para qué y con qué resultados, en un contexto donde la fiscalización suele ser percibida como reactiva o selectiva. El desafío, como ocurre cada año, no estará en la cifra de auditorías programadas, sino en la capacidad del órgano fiscalizador para traducirlas en observaciones claras, procesos sancionatorios efectivos y correcciones reales, porque la transparencia se fortalece menos con anuncios amplios y más con consecuencias visibles en el manejo de los recursos públicos.

Fija rumbo municipal

El Bando Municipal 2026 de Toluca, impulsado por Ricardo Moreno, refleja un esfuerzo por dotar al gobierno municipal de un marco normativo acorde con las exigencias de una ciudad compleja y en constante crecimiento, al incorporar la perspectiva de género, el derecho a la movilidad universal y un enfoque preventivo en materia de seguridad pública. La reorganización administrativa y la apuesta por derechos de nueva generación buscan ordenar la gestión y mejorar la atención a la ciudadanía; no obstante, el impacto real de estas disposiciones se medirá en su aplicación cotidiana, pues el bando marca la intención y el rumbo, pero será la capacidad del gobierno municipal para llevarlo a la práctica la que determine si la transformación anunciada se traduce en mejoras perceptibles para las y los toluqueños.

Ricardo Moreno Bastida. Foto Alejandro Vargas / El Universal
Ricardo Moreno Bastida. Foto Alejandro Vargas / El Universal

Tecuí, patrimonio vivo

El reconocimiento de la técnica artesanal del Tecuí como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de México es un acierto que trasciende lo simbólico, porque pone en el centro no a la bebida como producto, sino a los saberes comunitarios que desde 1856 han dado identidad a Calimaya; se trata de una tradición viva que se sostiene en la transmisión oral, el dominio del fuego y el tiempo, y en una relación colectiva que no admite estandarización ni apropiación privada, por lo que la declaratoria obliga a que la salvaguarda no se quede en el discurso ni en la promoción turística, sino que se traduzca en apoyo real a las personas productoras y artesanas, evitando que el valor cultural del Tecuí se diluya bajo la lógica del consumo y recordando que proteger el patrimonio también es proteger a la comunidad que lo mantiene encendido.

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