México parece vivir hoy en dos países distintos.
Uno es el país que se presentó en el Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum: una nación que avanza, reduce la pobreza, fortalecer los programas sociales, incrementa derechos y consolida un proyecto de transformación que, desde la narrativa oficial, parece caminar prácticamente sin obstáculos.
El otro México es el que aparece en la conversación cotidiana, en las preocupaciones de millones de personas y en una opinión pública que, aunque reconoce algunos avances, observa problemas que difícilmente pueden resolverse con gráficas, porcentajes o discursos.
El informe volvió a colocar sobre la mesa una de las características más preocupantes de nuestra vida pública: la artificial división entre quienes consideran que todo lo realizado por el gobierno es un éxito y quienes sostienen que prácticamente todo es un fracaso. De un lado, un poder que presume resultados y construye una narrativa de éxito. Del otro, una oposición que encuentra en cada cifra una mentira y en cada discurso una arenga partidista. Pero quizá el problema más importante no está en decidir quién tiene razón.
Está en entender que entre ambos discursos existe un país real. Un país donde las cifras pueden mostrar avances y, al mismo tiempo, las personas pueden sentir incertidumbre. Donde la disminución de la pobreza puede ser una realidad estadística, mientras persisten enormes dudas sobre las condiciones que permitirán a esas personas construir un futuro sostenible. Porque combatir la pobreza es indispensable. Nadie puede cuestionar la responsabilidad del Estado de garantizar condiciones mínimas de bienestar y evitar que millones de mexicanos permanezcan condenados a una vida de precariedad. El problema aparece cuando el combate a la pobreza comienza a confundirse con una política de desarrollo. Son cosas distintas. Reducir carencias mediante transferencias y programas sociales puede aliviar una necesidad inmediata. Pero el desarrollo implica algo más profundo: educación, infraestructura, inversión, productividad, movilidad social y, sobre todo, oportunidades para construir un proyecto de vida.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones del modelo actual. El costo presupuestal del combate a la pobreza aumenta mientras los recursos disponibles para construir las condiciones del desarrollo enfrentan presiones cada vez mayores. Se destina más dinero a atender las consecuencias de la desigualdad, pero existe el riesgo de invertir menos en transformar las causas que la producen. La infraestructura, por ejemplo, no es solamente concreto, carreteras o grandes obras. Es la conectividad, competitividad y oportunidades. Es la posibilidad de que una empresa llegue a una región, genere empleos y permita que las personas encuentren alternativas para mejorar su vida sin depender permanentemente de la asistencia pública.
La paradoja es evidente.
Quienes hoy pueden ser rescatados de una vida precaria gracias a las políticas sociales serán también quienes mañana demandarán una vida productiva. Querrán empleos mejor remunerados, educación de calidad, acceso a vivienda, movilidad y oportunidades para crecer. Y ninguna transferencia puede sustituir permanentemente la posibilidad de construir un futuro propio. El Estado puede aliviar la pobreza, pero difícilmente puede generar artificialmente millones de proyectos de vida. Para eso se necesita una economía capaz de crecer, empresas capaces de invertir y una infraestructura suficiente para conectar regiones, mercados y personas.
¿Qué oportunidades tendrán? ¿Qué empleos encontrarán? ¿Qué condiciones existirán para que sus hijos no regresen a la misma situación de la que sus familias lograron salir? Un gobierno puede celebrar sus cifras y sus opositores pueden cuestionarlas. Ambos seguirán disputando la interpretación del país. Pero México no puede construirse únicamente desde la narrativa del éxito ni desde la narrativa del fracaso. Porque mientras unos discuten quién tiene la mejor versión de las cifras, millones de mexicanos siguen esperando algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de construir: la oportunidad de vivir mejor por su propio esfuerzo. México se fortalecerá cuando sea capaz de ofrecerle un futuro al cual la mayoría pueda llegar.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex