Juan Carlos Villarreal

Sesgo de confirmación

DOSSIER POLITICO

Mientras la tecnología avanza a pasos agigantados, las adaptaciones sociales suelen ir más lentas producto tanto de la heterogeneidad cultural como de las asimetrías económicas. La comunicación política es instantánea o resulta inútil; las redes sociales construyen sus arquetipos y una vez identificados, a ellos dirigen sus mensajes, ya no tratan de convencer o persuadir, han aprendido que el cerebro humano también actúa por repetición, por lo que es frecuente que luego de oír muchas veces una noticia o una opinión, ya no verificamos si es verdad o no, la asumimos como una realidad.

Este comportamiento no es nuevo ya a finales de los 50´s el politólogo austriaco Karl Popper desarrolló el concepto de falsación que básicamente se reduce a que una hipótesis no puede ser probada por casos confirmatorios, si no por el verdadero rigor científico que reside en el contraste bajo los mismos parámetros científicos (falsación), ya en los 60´s psicólogos como Peter Wason lo demostró con un experimento denominado “Tarea de Selección” en donde demostraba que las personas buscan validar su hipótesis en lugar de refutarlas a lo largo de las décadas dicho concepto fue perdiendo fuerza que ha retomado vigor a partir del auge de las redes sociales. En la política moderna el sesgo de confirmación está protagonizado por las llamadas cámaras de eco en donde quien dicta la interacción son los propios algoritmos que llevan a suponer que lo que aparece frente a nuestros ojos es que todo mundo piensa igual con lo que se validan los prejuicios preexistentes, bajo esta lógica las fake news, o bulos o paparruchas para el caso latinoamericano nos llevan a confundir una noticia falsa a partir de un proceso de mental básico; si la noticia encaja con la idea que tengo del gobierno entonces es cierta si por el contrario ofrece información que pone en duda mis ideas prefiero ignorarla, así sin una verificación elemental las sociedades modernas suelen ignorar al que acusa o verifica calificándolo de vendido.

Este fenómeno se agrava cuando por ejemplo un partido político contrario a mis afinidades comete un acto de corrupción que se interpreta como la prueba irrefutable de su incapacidad o condición de minoría pero sí un escándalo similar ocurre en el partido político de nuestra preferencia el sesgo de confirmación lleva al elector o al ciudadano a buscar excusas: “es un ataque de los medios” “es una trampa de la oposición” o se trata de un problema de una persona no del partido ni del gobierno. Los espacios en comunicación política y campañas electorales utiliza magistralmente estas estrategias desde hace un par de lustros y lastimosamente en la mayoría de la población es sometida a diversas manipulaciones que terminan deteriorando el debate público y a la democracia en su conjunto

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Fenómeno que por otra parte alimenta la polarización afectiva y con ello el debate, porque como anotamos anteriormente, las fake news, los bulos informativos y el ejército de bots e influencers se han encargado de operar una realidad alterna.

De nuevo el elector es quien está sujeto a una guerra interpretada dramática por las partes en conflicto. Quizá a eso obedece el crecimiento de los apartidistas e independientes en el espacio político electoral. La política es importante para los ciudadanos, pero no se ven reflejadas sus preocupaciones en el debate público.

Estamos muy lejos del proceso electoral del 2027 pero paradójicamente, ya estamos dentro, los partidos y sus candidatos han encontrado en esta fórmula un modelo más eficiente para ganar las elecciones y el saldo negativo es que cada vez ganan peores personajes las elecciones. Hagamos un esfuerzo por leer inteligentemente la información disponible y descartemos, por el bien de todos, aquella información que no esté confirmada, no alimentemos ni el discurso de odio ni la polarización afectiva, pues al final del día quien termina padeciendo sus consecuencias es el propio elector.

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