La polarización afectiva dice —en términos generales— que es una conducta que provoca que quien escucha una noticia fije de inmediato una posición en torno a cualquier tema a partir de las emociones, no de los argumentos, y en función del bando al que pertenece. El concepto ha sido desarrollado por Shanto Iyengar, Gaurav Sood y Yphtach Lelkes, quienes explican que no se trata solo de desacuerdos ideológicos, sino de sentimientos de animadversión y rechazo hacia el “otro” político.

En psicología, a un fenómeno emparentado se le denomina disonancia cognitiva, concepto formulado por Leon Festinger (1957), que describe la incomodidad mental que experimentan las personas cuando mantienen creencias, ideas o actitudes contradictorias, lo que las lleva a justificar o racionalizar sus posturas para reducir ese malestar.

Lo anterior viene a colación por la marcada polarización que viven los usuarios de las redes sociales a partir de la grosera intervención de EUA en Venezuela para extraer a Nicolás Maduro, en una operación “excepcional quirúrgica”, ha dicho el líder anaranjado, quien además señaló que vio la detención en vivo como si fuera una película. Un líder político ignorante y bully exhibe con esos gestos su pasmosa vulgaridad. Esto no es extraño, pues no hace nada que no haya ofrecido a sus electores, a quienes apela con todas las barbaridades convertidas en acciones de su gobierno. Él lo sabe: no busca racionalidad en sus medidas, provoca sentimientos de odio-amor y los sopesa todos los días; gobierna para las pulsaciones de una sociedad rota, no para caerle bien al resto del mundo.

Extraña eso sí que en México tenga tantos seguidores, sean fascistas de clóset o franciscanos en búsqueda de su apóstol. A estos mexicanos de hoy no les preocupa que ya EUA nos haya invadido ni quitado un pedazo de territorio; les apura más que el país se dirija “al comunismo” y, obvio, celebran al gendarme del mundo más por odio a Morena que por amor a Trump. Disonancia cognitiva o polarización afectiva, para el caso es lo mismo.

Sí, efectivamente. En las antípodas no cantan mal las rancheras: los zurdos se quejan del intervencionismo yanqui, pero nunca fueron capaces de criticar al régimen dictatorial de Chávez primero y luego de Maduro. Ambos extremos exhiben el clima de crispación que hoy vivimos en tiempo real. Como nunca antes, vale decirlo y afirmarlo: de esta división será muy difícil volver.

Hace algunos años, un querido exalumno me refería lo que a él le gustaba de México y le preocupaba de España: se pelean de todo, sea por fútbol o por política; no hay un bar o lugar público en donde las cosas no se calienten entre los bandos en conflicto. Luego eso lo leí en De electores a hooligans, un potente alegato del fenómeno que aquí les he compartido en esta ocasión y que, tal y como le preocupaba a Isidro, en el caso mexicano no “éramos así”, pero hoy cada vez más, en todo el mundo, lo que antes eran explicaciones o conflictos multifactoriales se reducen al peligroso binarismo amigo-enemigo, útil para las campañas, pero peligroso para las sociedades que, como la nuestra, no saben procesar pacíficamente los conflictos.

Cuando el uso de la fuerza comienza a normalizarse, las excepciones se vuelven advertencias y las amenazas sustituyen a la negociación, se evidencia el desgaste de la diplomacia construida a mediados del siglo XX. En ese escenario, el lenguaje político se desplaza peligrosamente hacia la violencia, y el ejercicio del poder se redefine con un mensaje claro, aunque implícito: la imposición reemplaza al diálogo.

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