Los mexicanos solemos tener un dicho para todo y, cuando nos quejamos de que algo no salió como esperábamos, solemos decir: “Salimos de Guatemala para entrar a Guatepeor”. Los gringos, y particularmente los medios, acuñaron una expresión similar: “Lo mejor… es lo peor que se va a poner”. Los vaticinios no son gratuitos.
Ya no se trata solo del triunfo de Espirelli, sino de una oleada que hoy se ubica dentro del espectro de la ultraderecha, la cual, como ya hemos anotado en otras ocasiones, ha dejado atrás el viejo concepto de la derecha conservadora y hoy representa un variopinto conjunto de demandas sociales combinado con agravios políticos ante la insuficiencia de sus gobiernos. En ese otro coletazo proveniente de la machosfera, este explosivo cóctel nos ha puesto en la antesala de un híbrido político que no es propiamente un estilo ni una apuesta ideológica; se trata de destruir lo viejo para implantar algo que, en realidad, nunca sucederá, pero que todos desean que suceda.
Quizá Zygmunt Bauman ya había advertido este fenómeno en Retrotopía (2017), cuando señaló que la nostalgia restauradora invita a renunciar al pensamiento crítico para refugiarnos en un pasado idealizado, confundiendo el hogar real con el imaginario y alimentando los renaceres nacionalistas. (Bauman, 2017). Quizá ese fue el primer llamado de atención sobre lo que hoy muchos denominan fatiga democrática.
Así, entre un vaivén de sentimientos, la sociedad se debate entre caer al vacío al estilo Milei o acabar con los derechos al estilo Bukele. No importa derribar los muros de la sana convivencia que suponía el juego democrático. Hoy queremos soluciones mágicas para problemas complejos; no importa que para conseguirlas se pase por encima de quien sea, ni que su cumplimiento sea poco probable. Lo que interesa es sentirnos bien con el presente, aunque ello comprometa el futuro. Es una especie de satisfacción instantánea, como la compra de baratijas o los placebos que ofrecen las redes sociales.
En muchos sentidos estamos quebrados por dentro, sin rumbo y sin esperanza de que las cosas cambien en el corto plazo. Así que, como dirían los jóvenes argentinos entrevistados antes del triunfo de Javier Milei: “A mí no me importa que este país se vaya a la mierda si yo no he conocido una cosa mejor” (González, J., El loco. La vida desconocida de Javier Milei, 2023). Ya hace un par de décadas, Molotov lo sintetizó en la icónica Gimme Tha Power: “Dame, dame todo, todo el poder, para que te demos en la madre”; y varios grupos más hicieron lo propio a lo largo del subcontinente. Bersuit Vergarabat también lo resume con crudeza: “Elección o reelección, para mí es la misma mierda”. Lo sorprendente es que, treinta años después, sigamos dando bandazos. Entonces no se trata de una crisis del sistema; esto es mucho más profundo y hay que prepararnos para lo que venga.
En una reciente colaboración para El País, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez sostiene que el petrismo pasó cuatro años dividiendo a la sociedad, descalificando a sus opositores y alimentando un relato de confrontación que terminó profundizando la desconfianza ciudadana. Advierte, además, que resultó irresponsable sembrar dudas sobre el proceso electoral y gobernar desde el tribalismo antes que desde la reconciliación. Concluye, con frustración, que la miopía de los liderazgos actuales ha terminado por erosionar todavía más la convivencia democrática. (El País, 2026).
Coincido con él cuando afirma que es ingenuo suponer que en política pueda haber milagros y expresa su desaliento ante la posibilidad de que el sucesor resulte peor que el saliente Petro.
Leí hace unos días una publicación de Viri Ríos, quien se mostraba incrédula de que los millones de colombianos a quienes, según ella, Petro había sacado de la pobreza decidieran votar por la derecha. Porque justamente eso es lo que creo que ocurre con una parte de la izquierda en América Latina: supone que tiene cierta autoridad moral para decidir qué es lo mejor para un pueblo inconforme con la realidad existente. Una y otra vez, la realidad se les ha estrellado en el rostro.
Los electores somos beligerantes, caprichosos y profundamente reactivos. No puede haber racionalidad en un elector que no ha visto mejoras ni en la vida de sus padres ni espera encontrarlas en la propia. ¿Cómo pedir un compromiso ideológico a quien observa cómo las élites políticas administran y dilapidan recursos públicos sin consecuencia alguna?
La semana pasada me referí al inoportuno crecimiento del Tío Richie; pues bien, el episodio colombiano seguirá alimentando sus aspiraciones y las de todos aquellos que prometen soluciones mágicas. Pero el problema nunca ha sido el personaje en turno. El problema es una sociedad que, agotada de esperar resultados, ha comenzado a confundir el enojo con un proyecto de país. Y cuando eso ocurre, las urnas dejan de elegir futuros: empiezan a administrar frustraciones.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex