El mundo contemporáneo vive un agravio acumulado que afecta particularmente a dos generaciones de jóvenes a quienes, podría decirse, se les arrebató el futuro. No tienen posibilidades reales de comprar una casa o, si las tienen, son cada vez más limitadas; carecen de expectativas de estabilidad, rehúyen al matrimonio, a tener hijos o adquirir créditos y difícilmente podrán jubilarse en las mismas condiciones que sus padres. Esta sensación de incertidumbre contrasta con los avances tecnológicos, médicos y científicos de la humanidad. Mientras el mundo progresa a una velocidad extraordinaria, millones de jóvenes enfrentan un presente marcado por el empleo precario, los trabajos temporales y la falta de seguridad social.
Ese malestar acumulado es el que advirtió Pankaj Mishra en La edad de la ira, ensayo publicado en 2017, en el que analiza los orígenes de la rabia global y los agravios que se manifiestan en un amplio abanico de expresiones políticas, desde los nacionalismos extremos y el temor a la migración hasta las nuevas derechas radicales que han ganado terreno en Europa y América. Aunque sus expresiones, ideologías y desenlaces son distintos, estos fenómenos también deben entenderse a partir de las promesas incumplidas del neoliberalismo. La meritocracia ofreció que cualquier persona podría alcanzar el bienestar mediante su esfuerzo individual; sin embargo, no produjo la libertad ni las condiciones de desarrollo prometidas. Por el contrario, la precariedad dejó a millones de personas fuera de ese bienestar y convirtió las expectativas de progreso en una fuente de frustración.
Las manifestaciones de este descontento se han registrado en distintas regiones y bajo diversas formas: la Primavera Árabe, el 15-M español, Occupy Wall Street, la irrupción electoral de Podemos, la victoria de Syriza en Grecia, las protestas contra la austeridad en Portugal y el Reino Unido, el Movimiento de las Horcas en Italia, los Chalecos Amarillos en Francia, así como los estallidos y protestas sociales en Chile, Ecuador, Bolivia, Líbano, Irak, Sudán, Argelia, Hong Kong y Colombia, entre otros casos. En todos ellos, con escalas y desenlaces diferentes, se advierten expresiones de inconformidad frente a la desigualdad, la precarización de las condiciones de vida y la desafección hacia las instituciones.
Si hacemos acopio de los argumentos de Mishra, este proceso tiene uno de sus puntos de inflexión en la crisis económica mundial de 2007-2008, cuyos efectos han confrontado a prácticamente dos generaciones con el poder en turno. No se trata de afirmar que todas las protestas respondan a una misma causa o persigan los mismos objetivos, sino de reconocer que la inseguridad económica, la pérdida de expectativas y la percepción de que las instituciones no ofrecen respuestas suficientes constituyen elementos recurrentes de un malestar que atraviesa distintas sociedades.
Otra forma de expresión de este descontento es la electoral. Tan solo en América Latina, de las últimas 46 elecciones presidenciales registradas desde 2015, los partidos políticos en el poder han perdido 31, de acuerdo con el recuento que aquí se plantea. Las derrotas no distinguen una ideología en particular ni dependen exclusivamente del desempeño de los gobiernos: también han alcanzado a actores políticos que podrían presumir buenos resultados durante su gestión. Esto sugiere que el descontento no puede explicarse únicamente a partir de la evaluación de un gobierno, sino que exige observar transformaciones sociales y económicas más profundas.
Los efectos de esta policrisis son complejos y persistentes. Comprenderlos exige mirar más allá de las etiquetas ideológicas, de los resultados electorales inmediatos y de las explicaciones simplistas. Antes de atribuir cada protesta o cambio político a una sola corriente, conviene preguntarnos qué expectativas se quebraron, qué agravios se acumularon y por qué amplios sectores de la población han dejado de encontrar en el orden económico y político vigente una respuesta a sus aspiraciones. Quizá nos convendría entender mejor ese malestar antes de limitarnos a nombrarlo.
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