Poco a poco van muriendo los símbolos de mi generación; ya casi nadie lee los periódicos y mucho menos los libros, hemos pasado a un mundo líquido como lo señaló Bauman con una gran rapidez; el sólido sistema de la democracia liberal de Occidente se cae a pedazos ante las evidencias de la enorme concentración de la riqueza en unos pocos mientras la enorme mayoría ve cómo su pasado se junta con su presente sin cambio alguno; de un mundo multilateral y regulado por potencias, hoy pasamos a la disputa por la hegemonía de un mundo sin reglas en donde se impone la ley del más fuerte. El gran Willie Colón fundó un estilo de salsa que se convirtió en una novedad porque era callejera y contestataria; los inconfundibles acordes de su trombón en piezas icónicas contaban historias de la calle y de ahí su profundo impacto social.

“Pero, señoras y señores, en medio del plástico

También se ven las caras de esperanza

Se ven las caras orgullosas

Que trabajan por una Latinoamérica unida

Y por un mañana de esperanza y de libertad”… esa era la crítica al mundo consumista de los 70, aun antes de que Bauman hiciera su novedosa teoría.

Y qué decir de “Talento de televisión”, “Juanito Alimaña” o “El gran varón”; todas ellas eran el retrato de una generación que hoy ronda los 70 años y en muchas partes de América Latina nos gobiernan o gobernaron hace poco. Se trata de los baby boomers que hoy siguen manejando el auto del gobierno, pero como diría hace unos meses en una conferencia en el INESLE, “son sus hijos los que traen el GPS y co-conducen desde el asiento de atrás”.

Muchas cosas han cambiado en los últimos años de acelerado tiempo digital. Otras lo harán sin que nos demos cuenta; solo la pobreza y la desigualdad permanecen ahí inmutables, de acuerdo con el reporte de Oxfam:

“…entre 2000 y 2025, al menos 16 presidentes en 11 países de América Latina llegaron al poder tras dirigir grandes empresas. “Cuando la riqueza compra influencia política, la democracia deja de ser representativa y se convierte en privilegio de unos pocos. No es solo un problema económico: es una amenaza directa a los derechos y a la voz de las mayorías”

Y según la Encuesta Mundial de Valores, realizada en 66 países, casi la mitad de las personas encuestadas perciben que los individuos más ricos suelen comprar las elecciones de su país. Los sistemas fiscales se han convertido en cómplices de esta desigualdad. En una de las regiones del mundo con la mayor polarización entre la riqueza en manos del 1 por ciento más rico y el 50 por ciento más pobre, las estructuras tributarias son incapaces de frenar esta acumulación extrema. El 50 por ciento más pobre contribuye con el 45 por ciento de sus ingresos en tributos, cuando el 1 por ciento más rico aporta menos del 20 por ciento.

Ultraricos como Carlos Slim ganan en un segundo lo que un trabajador promedio gana en una semana. De ahí que en LATAM se esté discutiendo un cambio profundo en la política fiscal.

Oxfam insta a los gobiernos a actuar con urgencia y priorizar las siguientes medidas:

Implementar planes nacionales para reducir la desigualdad, con metas claras y seguimiento.

Gravar la riqueza y las herencias del 1 por ciento más rico para limitar el poder de los superricos.

Regular la influencia política y mediática de las élites, garantizando independencia y transparencia.

Proteger las libertades democráticas y fortalecer la participación ciudadana.

Esa mirada nostálgica que tuvo Willie Colón sobre lo que somos y lo que podríamos ser, nos recuerda que seguimos teniendo herencias culturales ricas y gobiernos ideológicamente pobres, sometidos a los designios de las minorías, pero convenciendo a las mayorías de que todo es por su bien. “Se ven las caras…se ven las caras, vaya, pero nunca el corazón” dice el coro de la vieja canción.

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