Hace más de dos siglos, se registró el primer intento de lo que hoy conocemos como multilateralismo, que se formó con el Congreso de Viena entre 1814 y 1815, creado luego de las Guerras Napoleónicas; luego vino la Sociedad de las Naciones en 1920, que intentó, después de la Primera Guerra Mundial, evitar una nueva conflagración; ya para 1945 se crea la ONU y con ello se consolida el esfuerzo para arreglar diferendos mundiales sin desatar nuevas guerras. Y como reconoció el ministro canadiense Mark Carney: "Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima".

En su intervención ante el Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, planteó con claridad que el orden internacional basado en normas atraviesa una ruptura profunda y no una simple transición. Frente a un contexto de rivalidad creciente entre grandes potencias, Carney sostuvo que las llamadas "potencias medias" no están condenadas a la irrelevancia, siempre que actúen de manera coordinada y con una estrategia basada en valores, pero también en poder real. Advirtió que la integración económica ha sido utilizada como instrumento de coerción y que las instituciones multilaterales tradicionales han perdido eficacia, lo que obliga a los Estados a fortalecer su autonomía estratégica. Sin embargo, subrayó que un mundo de fortalezas aisladas sería más frágil y menos sostenible, por lo que propuso un multilateralismo pragmático: coaliciones flexibles, tema por tema, entre países que compartan intereses y principios suficientes para actuar juntos.

El planteamiento del primer ministro de nuestro otro socio en el TLCAN fue muy aplaudido entre el mundo liberal y seguido por diferentes expresiones que hicieron recular a Donald Trump, así sea momentáneamente, sobre su intento de apoderarse de Groenlandia. Antes del Foro de Davos, Mark Carney habló con muchos líderes de lo que ahora él llama "potencias medias", entre las que se incluye México, por supuesto. Así es que su discurso fue el resultado de una diplomacia del más alto nivel, que coloca a nuestro país frente a la necesidad de replantear una convivencia asimétrica que, en ocasiones, ha privilegiado la contención y la prudencia como mecanismos para evitar mayores costos. La importancia económica, poblacional y geopolítica de México debería impulsar una estrategia más acorde con una realidad inobjetable: Trump seguirá usando a nuestro país como recurso discursivo mientras ello le reditúe votos, en un año en que se renueva su Congreso y 36 de las 50 gubernaturas de la Unión Americana. Trump apela a sus electores y se mantiene en una campaña internacional permanente; incluso una eventual derrota, lejos de moderarlo, podría acelerar los conflictos como forma de presión política.

Para México, este contexto implica presiones crecientes para definir posiciones más claras y preservar su autonomía estratégica. Desde hace algunos años se anticipan escenarios económicos adversos que, si bien no se han materializado plenamente, siguen reflejándose en diversos indicadores: un mayor endeudamiento, niveles de inversión nacional insuficientes, recortes presupuestales en áreas estratégicas y una elevada concentración de recursos en proyectos heredados cuya viabilidad continúa siendo debatida. Este panorama ayuda a explicar una postura particularmente cautelosa frente a nuestro vecino del norte. La prudencia puede ser una estrategia válida en ciertos momentos, pero prolongarla indefinidamente corre el riesgo de convertirse en una espera pasiva, más cercana a la administración del tiempo que a la construcción de una salida estratégica.

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