Guillermo O’Donnell y Philippe C. Schmitter publicaron un texto clásico para la ciencia política contemporánea: “Transiciones desde un gobierno autoritario”, impreso por vez primera hace 40 años, constituyó el mayor esfuerzo de análisis comparativo que exploraba términos tan comunes en nuestra generación como transición, liberalización, democratización y, sobre todo, la “socialización”, que a su juicio constituía una “segunda transición” caracterizada por la “democracia social”, que sería convertir a todos los ciudadanos en beneficiarios de las prestaciones estatales y, conjuntamente, lograr la “democracia económica”, que se refiere al suministro de iguales beneficios a la población a partir de los bienes y servicios generados por la sociedad. México intentó durante el gobierno del innombrable —Carlos Salinas de Gortari— esa doble transición, con reformas económicas que dieron paso a la famosa reducción del Estado y, al mismo tiempo, la “liberalización” que luego integraría la famosa “transición hacia la democracia”.
¿Qué falló? Liberalización económica exitosa para el consumidor, pero muy concentrada en términos de beneficios, lo que dio paso al “capitalismo de cuates” (crony capitalism).
La privatización ayudó a generar confianza en la deteriorada imagen del país luego de la denominada “Decena Trágica” (1970-1982), que caracterizó al gobierno de Luis Echeverría Álvarez y a José López Portillo. México no fue el único país en problemas. América Latina en su conjunto sufrió la llamada “Década perdida” entre 1970 y 1985 a causa de los problemas estructurales de la región.
Volviendo a la pregunta: ¿en qué falló nuestra transición? Es muy difícil encontrar una explicación causal, pues creo que son muchas. Intentaré convencer al menos con un par de hipótesis: la dirección del modelo de transformación se perdió con el cambio de gobierno de Ernesto Zedillo en 1994, cuando, producto de fenómenos concurrentes, se modificó el régimen de forma violenta: el levantamiento del EZLN (haya sido una invención institucional o no) provocó un efecto internacional indeseado, que se vino a complicar primero con el asesinato de Colosio, resucitando el viejo dilema del miedo posrevolucionario: “por las armas llegamos y por ellas nos vamos”, sintetizaría años después el viejo líder sindical Fidel Velázquez. Esa ruptura acabó definitivamente con la estabilidad y crecimiento económico conocidos como “Desarrollo Estabilizador”. Unos meses después también muere asesinado quien fuera el cuñado de Salinas (José Francisco Ruiz Massieu), con lo que el triunfo de Zedillo y su frase “El único cambio seguro” solo resolvieron la elección en favor del PRI, para que, solo unos meses después, todo el gobierno enfrentará, con el “error de diciembre”, la peor crisis económica del siglo XX, que aceleró el conflicto interno entre los políticos tradicionales y la élite creciente de los “tecnócratas”.
México entró a la pluralidad política más por un efecto de la negociación externa (la famosa “Cláusula Democrática”, exigida por la Comunidad Europea, que requirió sendas reformas constitucionales) que por un diseño interno propio; la tan celebrada “doble transición” mexicana nunca se consumó con los hechos. Fue un tránsito pactado en las élites, sin una base de apoyo popular, que dio origen al grupo y fuerza que hoy constituye la Cuarta Transformación. Andrés Manuel López Obrador, priista en ese entonces, entendiendo como nadie la nueva ruta: hacer visibles las contradicciones de nuestro desarrollo y dar voz a quien había quedado fuera del reparto neoliberal: los pobres.
La llamada 4T no está exenta de conflictos estructurales exacerbados entre los dirigentes autodenominados “obradoristas” o también conocidos como “los puros”, que nacieron y crecieron bajo la égida de Andrés Manuel López Obrador, y la extensa fauna variopinta procedente de todos los partidos políticos del viejo régimen, que fueron “purificados” al aceptar el apotegma obradorista: “No robar, no mentir y no traicionar”. La larga transición iniciada en los 70’s parecía haber concluido en el 2000, pero los conflictos poselectorales de 2006 reanudaron un nuevo ciclo de alternancias partidistas que aún hoy no termina de cuajar.
¿Qué falló? Que ni antes ni ahora la “democratización social” llegó a los partidos políticos; el esperado “cambio de régimen” sigue construyéndose en el mejor de los casos, pero a costa de un creciente desaliento que está generando lo que la oposición institucionalizada no ha logrado en su conjunto: evidenciar las contradicciones internas de Morena, que puede lograr mayorías electorales, pero aún no consigue conducirlas eficazmente en el gobierno. El tiempo de aprender se agota y sus simpatizantes comienzan a desesperarse.
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