En su largo mensaje a través de las “benditas” redes sociales, el expresidente Andrés Manuel López Obrador volvió a la combinación de un liderazgo mesiánico con esa “autoridad moral” que le permitió por años hablar de cualquier tema sin preparación y con frecuencia faltando a la verdad al usar esa “estatura” para cuestionar a quien no coincide con sus ideas. En esta ocasión, el exabrupto fue contra Carmen Aristegui, a quien calificó de “neofascista”; así, con esa facilidad, usó un concepto que usa en prosa, pero que no resiste el menor análisis.
El fascismo corresponde a una etapa histórica ubicada a principios del siglo XX, con personajes impresentables hoy en día, como Mussolini, Hitler o Franco, que en su momento intentaron cambiar todo el sistema político imperante para instalar un gobierno ajeno al Estado de derecho y la democracia. Décadas posteriores y frente al avance de grupos conservadores y radicales de derecha, surgió el concepto de “neofascismo” y, en otros casos, el surgimiento del nacionalpopulismo como una forma de estigmatizar al adversario, particularmente en Europa del siglo XXI.
Sin embargo, diversos autores usan distinguidamente conceptos como el populismo para referirse a fenómenos particulares de América Latina, mientras en Estados Unidos y Europa el nuevo enemigo es la migración y el Estado Islámico; para América Latina, el discurso populista intenta redistribuir la riqueza con el propósito de incluir en el sistema político a aquellas voces que no fueron escuchadas por el neoliberalismo y que, para el caso mexicano, López Obrador reagrupó bajo el concepto de “pueblo” y así la dialéctica fue “el pueblo contra las élites”. Marco Raven define al populismo de derecha “como una enfermedad senil” de la democracia liberal, una rebelión de los incluidos que quedaron marginados, y muy recientemente Enzo Traverso señaló que los conceptos “populismo y nacionalpopulismo” “no hacen más que sembrar confusión”.
En su libro Las nuevas caras de la derecha, el autor italiano sostiene que la noción de posfascismo tiene la matriz del viejo fascismo, pero lo que caracteriza al posfascismo es un régimen de historicidad determinada —el comienzo del siglo XXI— que explica su contenido ideológico fluctuante, inestable y a menudo contradictorio, en el cual se mezclan filosofías políticas antinómicas. Es decir, el concepto es nuevo y encarna la conducta defensiva que pretende expulsar los riesgos de la migración y la fuerza del Estado Islámico. Luego entonces, ¿por qué utiliza este concepto López Obrador para ofender a periodistas? La respuesta no parece sencilla, ni podría ser unívoca. Es conocida la proclividad de López Obrador de usar epítetos y sentencias que no tienen nada que ver con lo que quiere describir y, en este caso, parece tratarse de algo así.
El posfascismo, afirma Enzo Traverso, se limita “al ámbito de las nuevas derechas radicales europeas, apunta a tomar en cuenta una continuidad y simultáneamente unas rupturas”; de ahí que se trata de un concepto transnacional. Obviamente, López Obrador no es un académico, pero lo menos que podemos aspirar de nuestros políticos es que sean serios en el uso del lenguaje, porque en política las palabras importan y más cuando se usan desde el poder.
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