Juan Carlos Villarreal

El conflicto que la democracia no puede eliminar

Dossier político

La política suele presentarse como el espacio para alcanzar acuerdos, construir consensos y encontrar soluciones. Pero ¿qué ocurre cuando el conflicto no es una anomalía de la democracia, sino una condición propia de toda sociedad?

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe parten de una distinción fundamental entre lo político y la política. Lo político corresponde a esa dimensión permanente del antagonismo, del conflicto y de la disputa que existe en toda sociedad. La política, en cambio, comprende las instituciones, prácticas, discursos y arreglos concretos mediante los cuales intentamos organizar esa convivencia. La diferencia no es menor. Durante mucho tiempo se asumió que la democracia liberal podía resolver las diferencias mediante el consenso. Mouffe cuestiona precisamente esa ilusión: una sociedad completamente armonizada no existe. Siempre habrá intereses contrapuestos, demandas insatisfechas y una disputa por definir quiénes somos como colectividad.

En México, esta lógica puede observarse con claridad en la construcción discursiva del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador desde 2006. El conflicto fue planteado como una confrontación entre un “nosotros” y un “ellos”: el pueblo frente a las élites, identificadas discursivamente con el PRIAN, la “mafia del poder” y el neoliberalismo.

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Más allá de simpatías o diferencias políticas, la construcción de ese antagonismo permitió articular demandas dispersas y convertirlas en una identidad colectiva. Laclau explica este proceso mediante la idea de la “cadena de equivalencias”: demandas distintas, incluso provenientes de sectores diversos, pueden unirse alrededor de un adversario común y de significantes capaces de representar esa voluntad colectiva.

Así, conceptos como “pueblo”, “justicia” o “patria” adquirieron un contenido político específico. También lo hicieron postulados de carácter moral como “no mentir, no robar y no traicionar”, que funcionaron como parte de la argamasa discursiva de Morena durante su proceso de construcción política.

Pero aquí aparece el verdadero desafío.

Para Mouffe, una democracia plural no debe intentar eliminar el conflicto, sino transformarlo. La diferencia entre antagonismo y agonismo resulta fundamental. Mientras el antagonismo coloca al otro en la lógica del enemigo que debe ser eliminado, el agonismo reconoce al adversario como alguien que tiene derecho a existir, discrepar y competir dentro de las reglas democráticas.

Ese es uno de los grandes dilemas de la democracia mexicana.

La llegada de Morena al poder modificó la relación de fuerzas y puso en disputa el modelo político construido durante décadas. Sin embargo, el cambio de régimen no significa automáticamente la desaparición del conflicto. El viejo orden no desaparece simplemente porque un nuevo proyecto llegue al gobierno; tampoco un nuevo régimen se consolida únicamente mediante la sustitución de unas élites por otras.

La pregunta de fondo es, entonces, qué hacemos con el conflicto.

Una democracia madura no necesita una sociedad sin diferencias. Necesita instituciones capaces de procesarlas. No se trata de extinguir al adversario, sino de reconocer que puede existir legítimamente y que la disputa debe mantenerse dentro del campo democrático.

México se encuentra precisamente frente a esa disyuntiva: si la llamada Cuarta Transformación representa una transformación profunda de las reglas y prácticas del sistema político o si estamos ante una nueva etapa de rotación de élites.

La respuesta no está únicamente en quién ocupa el poder. Está en las prácticas, instituciones y condiciones que se construyan para procesar la inevitable disputa por el rumbo del país.

Porque el conflicto no desaparece con el cambio de gobierno. La verdadera prueba de una democracia está en su capacidad para convivir con él.

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