Nunca como ahora se combinan y confunden los valores supremos de la política con su combustible ordinario. El dinero. Es el símbolo predilecto del estatus jerárquico que se traduce en cinturones de marca en donde antes había modestos cueros. Son relojes que ya no dan la hora, pues hoy son las hogueras de las vanidades de sus portadores. De vivir con la humilde medianía del salario público, ni hablemos.

Hay, sin embargo, ejemplos de austeridad y honradez, dignos de ser emulados. Pocos, pero los hay. Entonces, ¿Por qué el síntoma inequívoco del éxito profesional o político es la exhibición de lo que antes no se tenía? ¿Por qué nos esforzamos en lucir prendas y objetos de precios ridículamente altos, que exhiben nuestra pequeñez intelectual? ¡Que hablen mis lujos por mí!

Las estampas de personajes extraviados en el lujo y suntuosidad ofenden más porque muchos ofrecieron que su actuar sería justamente lo contrario. El triunfo cultural de la meritocracia neoliberal fue vender la idea de que en el poder todos nos igualamos... sí, efectivamente. Ya en el cargo ansiado todos usamos los mismos artificios para demostrar que "de aquí somos".

Mi querido amigo Toño López insiste en que todo es culpa del capitalismo expoliador y siniestro. Yo puedo coincidir en algo, pero difiero en el fondo; no es el sistema, se trata de los hombres. De sus hábitos y costumbres, de su formación política y básicamente de su honestidad intelectual. Mucha gente humilde y sin educación superior ni posesiones materiales no sabe lo que es el capitalismo, pero en la misma familia puede haber un "riquillo sin escrúpulos" que un desposeído con valores. Ambos se educaron en el mismo hogar, en la misma casa y en el mismo pueblo, pero uno se obnubiló cuando comenzó a acumular y con ello a "tener lo que me merezco". En la vida privada eso es posible y más allá de las valoraciones personales, es aceptable. Pero en la ética pública eso es inaceptable.

No hay duda de que el dinero es el combustible de la política históricamente en nuestro país y lejos estamos del concepto weberiano del "político por convicción", de los que cada vez quedan menos, pero los hay. Estamos a tiempo de reivindicar a la política como una acción sublime, una tarea de servicio y una responsabilidad ética con nuestros semejantes. Haz el bien sin mirar a quién... La vida es una rueda de la fortuna y no sabes si al que ayudaste más adelante sea quien te tienda la mano... Son frases que nos educaron y valdría la pena recuperar. Al fin, la política es una función geométrica que crece en función de los buenos ejemplos, de los resultados que generan bienestar colectivo. Nos reunimos en sociedad para ser felices, decía Aristóteles. Hacer del servicio público una oportunidad de servir y ayudar a los más desfavorecidos resulta mucho más eficaz que pensar que todo lo compra el dinero.

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