El corrimiento de los jóvenes varones a la derecha en todo el mundo tiene ramificaciones profundas en las sociedades contemporáneas y, agotados de escuchar el grandioso futuro que les deparaba, sucumbieron ante la crudeza de los datos: no pueden comprar casa; no tendrán pensión garantizada por el Estado; tienen empleos precarios; salarios infames y las expectativas de futuro son realmente limitadas. El neoliberalismo les arrebató el futuro y la incertidumbre corroe su presente.

Si nos atenemos a los datos, encontramos que:

La desigualdad contemporánea no es una percepción subjetiva, sino una condición estructural ampliamente documentada. De acuerdo con Oxfam (2025), el 10 por ciento más rico de la población mundial concentra una proporción desmedida del ingreso global, mientras que amplios sectores, particularmente jóvenes, enfrentan condiciones de precarización laboral, acceso limitado a vivienda y debilitamiento de los sistemas de protección social. En América Latina, esta tendencia se agudiza: la región continúa siendo una de las más desiguales del mundo, con profundas brechas en ingreso, riqueza y acceso a oportunidades (Oxfam, 2023).

Estos datos no solo reflejan una distribución inequitativa de recursos, sino una fractura en las expectativas de vida. El modelo económico ha sido incapaz de garantizar movilidad social de una clase baja a una más alta, hecho que para las nuevas generaciones pone en duda uno de los pilares fundamentales de la legitimidad democrática: la promesa de un futuro mejor.

No es menor que, en este contexto, el propio Latinobarómetro advierta una creciente ambivalencia democrática en la región: aunque una mayoría relativa sigue considerando a la democracia como la mejor forma de gobierno, una proporción significativa de ciudadanos se muestran dispuestos a aceptar alternativas “no democráticas” o a prescindir de instituciones clave si estas no ofrecen resultados efectivos, reflejando una legitimidad cada vez más condicionada al desempeño, (Latinobarómetro, 2024).

En esta misma línea, los trabajos de Thomas Piketty han demostrado que, en ausencia de mecanismos redistributivos efectivos, el rendimiento del capital tiende a superar el crecimiento económico, concentrando la riqueza en una minoría y ampliando las brechas intergeneracionales (Piketty, 2014). Este fenómeno tiene efectos políticos directos: las generaciones jóvenes no solo acumulan menos riqueza que sus predecesoras, sino que enfrentan condiciones de vida más inciertas, con menor acceso a estabilidad laboral y patrimonial.

El resultado es una ruptura silenciosa pero profunda: por primera vez en décadas, amplios sectores sociales no esperan vivir mejor que sus padres. Es esa emoción potente del miedo al futuro la que se materializa en parejas sin casarse, sin querer tener hijos, ni asumir créditos que no sean para los gustos inmediatos.

Bajo estas condiciones, la emergencia de liderazgos y discursos populistas no es una anomalía, sino una consecuencia. El populismo ha demostrado ser eficaz en contextos de desigualdad y desafección, en tanto logra articular políticamente el malestar social. Como sostiene Chantal Mouffe (2018), el populismo no debe entenderse únicamente como una desviación, sino como una forma de construcción política que canaliza demandas insatisfechas frente a instituciones percibidas como incapaces de responder.

En el mismo sentido, Jan-Werner Müller advierte que el populismo se nutre de la crisis de representación y de la percepción de que las élites han dejado de representar a “la gente común” (Müller, 2016). Cuando los canales institucionales fallan, el discurso populista simplifica el conflicto, identifica adversarios claros y ofrece certezas en un entorno marcado por la incertidumbre.

Así, el corrimiento de sectores, particularmente jóvenes varones, hacia opciones de derecha no puede explicarse únicamente en términos culturales o identitarios. Responde, en gran medida, a condiciones materiales deterioradas y a la incapacidad del modelo económico dominante para ofrecer certidumbre. En ese vacío, los liderazgos populistas han sabido capitalizar el hartazgo social, traduciendo frustraciones económicas en narrativas políticas eficaces.

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