Con más frecuencia de lo deseable se insiste en diversos medios de comunicación que asistimos a un debate sin ideologías, simplificado en la expresión todos son iguales (refiriéndose claramente a los gobiernos, los partidos políticos y los políticos), el concepto de ideología nació poco después de la Rev. Francesa y se le atribuye a Destutt de Tracy, la definición simple de la ideología como “ciencia de las ideas”, el final del siglo XIX fue rico en autores y teorías pero para fines de esta colaboración me referiré a tres grandes corrientes: 1) para Marx y Engels la ideología no es neutral y está ligada a las estructuras económicas y lucha de clases, es ahí donde se establece que la ideología oculta las contradicciones del capitalismo bajo la idea “falsa conciencia” que permite que los trabajadores acepten la explotación como algo natural e inevitable. Infraestructura y superestructura forman parte de ese determinismo material, para dar paso a la tesis central de la dominación de clase; la burguesía utiliza a las instituciones culturales y jurídicas para legitimar su poder y mantener el estado de cosas; 2) Max Weber establece la ideología como un proceso autónomo y motor de las grandes acciones sociales y estos son los elementos; las creencias de un grupo permiten ciertas afinidades, esta afinidad colectiva está sujeta a una racionalidad producto de los valores tradicionales y religiosos y el cálculo técnico heredado de la ideología burocrática. Así las ideologías sirven para legitimar el poder; 3) con Durkheim finalmente hay toda una corriente en donde la conciencia colectiva es vital para mantener la cohesión y la solidaridad social, en esta corriente la ideología es un obstáculo y resultan más relevantes los hechos sociales que permiten justamente la actuación al margen de las normas.
Naturalmente hay muchas explicaciones alrededor del concepto, pero me interesa al menos introducir estas para explicar por qué a juicio de muchos autores y utilizando las herramientas marxistas estamos frente a lo que Gramsci bautizó como la batalla cultural, expresión que por cierto utilizan constantemente los dirigentes de la ultraderecha para referirse a la nueva era caracterizada por la derrota de las izquierdas ineficaces. La nueva ultraderecha ha señalado Stefanoni, es mucho más flexible que la vieja derecha conservadora y se ha adaptado con mucho mayor eficiencia al vértigo de la comunicación política. El centro de gravitación está en valores morales tradicionales: Dios, patria y familia. Solo que ya no es el Dios de la Iglesia católica sino es la fe religiosa encarnada en los pastores de las iglesias evangélicas que han sabido manejar de mejor forma las herramientas de la comunicación política con la idea de autoridad moral que proviene de una especie de mandato divino para ciertos actores que reúnen tal perfil. Bajo esta concepción la patria se opone a la globalización y se disfraza bajo las expresiones nacionalistas o nativistas tan comunes en los discursos de los grandes líderes de la actualidad, e infortunadamente aterrizan para configurar una nueva moral en los jóvenes, particularmente en los varones que han sido educados bajo ciertos derechos que bien a bien nunca entendieron y no están dispuestos a seguir respetando, me refiero particularmente al feminismo y las acciones afirmativas.
Ese corrimiento de los valores familiares al orden político y desde ahí al reordenamiento social constituye el corazón de los discursos de la ultraderecha: existe una amenaza moral que afecta los valores de las sociedades y en particular de las familias que degradan a la política y contaminan al Estado. Ideas como la pureza de los nuevos actores y su superioridad moral, hasta sus características varoniles suelen ser los nuevos artificios de las campañas, desde la derrota del Brexit y hasta el último triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia esas condiciones se combinan adicionalmente con lo que Edgar Morin ha denominado policrisis y que para el caso que nos ocupa identificaremos algunas de las tácticas más recurrentes en las elecciones recientes en todo el mundo: control de medios; capturas judiciales progresivas; reforma electoral; y desfinanciamiento-debilitamiento sistemático de la sociedad civil. Este método que ya ha sido replicado en elecciones recientes en todo el mundo también tiene su réplica en México y que se explica con el intento de Ricardo Salinas Pliego, para usar un día sí y otro también a sus canales de televisión para degradar a la política y los políticos del partido en el poder; el control del Poder Judicial lo tuvieron las élites económicas por décadas en nuestro país así es que el intento de cooptación iniciada con López Obrador ha tenido cualquier tipo de resistencia de actores tradicionales y veremos si el partido en el poder intenta controlarlo en definitiva o fue solamente una vacuna para evitar que resoluciones de jueces pararan los cambios estratégicos del partido en el poder. Las reformas electorales, dice la teoría, sirven para mantener y aumentar el poder o para disputarlo en función de quién detente la mayoría así por 40 años las reformas contribuyeron a un proceso de liberalización gradual de la democracia y ahora de nuevo los intentos desde el poder buscan consolidar primero los cambios que impulsa Morena, pero sufren “tentaciones autoritarias” de convertir dichas reformas en retrocesos democráticos. De ahí el concepto de deriva autoritaria. Como se aprecia en este breve relato estamos frente a un debate ideológico, se instala un gobierno popular de mayoría o volvemos al régimen plural de corte consensual que privilegió a las élites durante décadas. Eso es ni más ni menos lo que resolveremos con nuestro voto en las próximas elecciones.