Jorge Dasaev Gómez

El histórico peso de la generación de los años 80

Pluma de Opinión

Los nacidos en los ochenta cumplimos este año entre 37 y 46 años, y ya nadie nos llama "los jóvenes" sin una sonrisa irónica. Estadísticamente el INEGI lo recordó cuando publicó su Encuesta Intercensal 2025: la edad mediana del país es de 32 años.

La mitad de México es más joven que yo.

Somos una "generación bisagra". Crecimos con teléfono de disco y envejecemos con inteligencia artificial. Nos tocó la última infancia analógica y la primera adultez digital, y cargamos ambas cosas: la nostalgia de lo que fue y la ansiedad de lo que viene.

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Recordamos el sismo de 1985 como un susto de niños y el "error de diciembre" de 1994 como el momento en que vimos a muchas familias hacer cuentas en silencio, vivir el desempleo o sencillamente asumir un cambio de suerte económica. Aprendimos pronto que en México la estabilidad es un préstamo, no una herencia. Quizá por eso somos tan nostálgicos: es nuestra forma de defendernos de la velocidad del presente.

En lo sentimental, rompimos moldes sin hacer ruido. El matrimonio es una decisión tardía, o simplemente no se toma y se tienen menos hijos que nuestros padres. Entre 2020 y 2025 la población en matrimonio bajó de 35.3 a 31.8 por ciento, la soltería subió a 36.2 por ciento; los hogares se achicaron y el promedio de hijos nacidos cayó. Hemos sido testigos de revoluciones de pensamiento, individuales y colectivas.

Transitamos dinámicas de reconocimiento de libertades sexuales, reproductivas, informativas, políticas, etc., aunque en ese camino se incorporen siempre visiones que se inconformen y determinen negarse a abrazar la diferencia de su individualismo en las disimilitudes de los otros.

Y ahora nos toca el otro extremo de la vida. Somos generación sándwich: atestiguamos el crecimiento de hijos mientras acompañamos a padres que envejecen. México ya tiene 19.2 millones de personas de 60 años o más, el 14.7 por ciento de la población, una proporción que se esperaba hasta 2030. Detrás de esa cifra están nuestros padres, las citas médicas que se acompañan cuando hay tiempo y las conversaciones difíciles que posponemos.

Nos educaron con una promesa sencilla: estudia, consigue un buen trabajo y tendrás casa, auto y jubilación. Cumplimos la primera parte. El resto llegó incompleto. Entramos al mercado laboral entre la crisis de 2008, los contratos por honorarios y el outsourcing. Hoy la informalidad laboral es de 56.2 por ciento.

La casa propia, que nuestros padres alcanzaron con paciencia, se volvió para muchos un lujo o una herencia. Y está el retiro, la palabra que evitamos en conversaciones. Quien nació en 1980 ya no alcanzó el beneficio de la ley del IMSS anterior a 1997; somos la "generación Afore". El Fondo de Pensiones para el Bienestar busca complementar esas pensiones, pero solo alcanza a quien cotizó formalmente. Para la mitad informal de mi generación, el retiro sigue siendo una pregunta sin respuesta.

Lo que sí aprendimos fue a reinventarnos: del fax al correo, del correo a zoom y de zoom a la inteligencia artificial. Muchos tenemos dos o tres fuentes de ingreso, no por vocación, sino porque un solo salario rara vez alcanza.

Somos hijos de la transición. Los mayores de mi generación votaron por primera vez en el año 2000, cuando terminaron 71 años de un solo partido en la Presidencia. Desde entonces vimos disturbios en nuestras calles y en el mundo; el vuelco de 2018 y la llegada, en 2024, de la primera mujer a la Presidencia. Unos celebramos cada giro y otros los padecimos, pero casi todos sentimos que la política nos ha pedido mucha paciencia y devuelto poca certeza. Ese cansancio se nota en las urnas.

En diez años, los primeros de nosotros cumplirán 55. Seremos quienes sostengan, con impuestos y cuidados, a un país que envejece más rápido de lo que se preparó. Muchos coincidimos en asumir tres tareas urgentes: ahorrar para el retiro como si nadie más fuera a hacerlo; allegarnos de un sistema de cuidados real para nuestros padres y, después, para nosotros; y asumir un rol mucho más activo en la vida pública del país, en lugar de mirar desde el celular y usar el anonimato para jugar a opinar.

No somos una generación perdida. Hemos abarrotado universidades públicas y privadas, aprendimos a sobrevivir a la incertidumbre y tenemos la experiencia de haber visto caer muchas promesas. Esa memoria puede volvernos cínicos o exigentes. Los del 80 ya no somos el futuro de México: somos su presente más pesado y, quizá, su puente más importante.

@jorge.dasaev

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