El T-MEC ha dejado de ser un simple acuerdo de aranceles preferenciales tripartita; hoy es la columna vertebral de la integración productiva de México. Perderlo no significaría cambiar de reglas, sino saltar al vacío de la incertidumbre global.
Ante la postura de la administración de Donald Trump de no renovar en automático el acuerdo por 16 años (hasta 2042), se ha activado la "cláusula de supervivencia", al empujar a la región a un extenuante esquema de revisiones anuales obligatorias.
Aunque el tratado actual sigue vigente y garantiza operatividad técnica hasta 2036, la negativa estadounidense de una extensión limpia introduce a México en una incertidumbre anual que frena los proyectos de inversión a largo plazo.
México y Canadá llegaron a la última ronda de negociaciones con la intención de firmar una prórroga integral, pero Washington ha condicionado el futuro a exigencias complejas relacionadas con 1) reglas de origen automotrices aún más estrictas, 2) frenos explícitos a las inversiones de economías como la de China y 3) disputas en energía, maíz transgénico y cumplimiento efectivo de la reforma laboral aunado a los alcances endebles de la actuación del nuevo poder judicial.
México busca desactivar las amenazas arancelarias directas demostrando que las cadenas de suministros de Estados Unidos dependen críticamente de los componentes mexicanos.
Si el reloj avanza y el tratado expira, la relación comercial retrocedería a las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en el que quedarían excluidos los beneficios acordados desde la firma del entonces Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994.
Aunque el 82% de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos entran hoy libres de aranceles gracias al T-MEC, el regreso a la "Nación Más Favorecida" (NMF) de la OMC implicaría el regreso de aranceles, afectando críticamente a sectores clave como el automotriz y el manufacturero, principalmente; aunado a los impactos en las estrategias de relocalización de plantas industriales en territorio nacional para abastecer de forma rápida y económica a Estados Unidos (nearshoring).
El "Adiós al T-MEC" implicaría para México perder su blindaje geopolítico en el momento histórico donde más lo necesita. Sin el tratado, el peso mexicano disiparía su principal ancla de estabilidad.
En lo venidero, la negociación de nuestro país no debe limitarse a un intercambio de criterios entre la Secretaría de Economía y la representación comercial de Estados Unidos. La mejor defensa de México está en las propias empresas e industrias estadounidenses que dependen críticamente de los componentes mexicanos.
De igual importancia será articular un bloque de presión que incorpore los debates de los congresistas y gobernadores de estados republicanos le demuestren a la Casa Blanca que la ruptura del T-MEC destruirá empleos en sus propios distritos, entonces la postura de Washington perderá fuerza ideológica y ganará pragmatismo económico.
El argumento central mexicano debe cambiar: no pedir concesiones por vecindad, sino venderse como el socio comercial más confiable y seguro para la autonomía tecnológica de Norteamérica frente a Asia.
Dejar de competir únicamente por costos de mano de obra y acelerar la reconversión industrial hacia sectores estratégicos de la economía digital, la robótica avanzada, los semiconductores y el desarrollo de inteligencia artificial.
La diplomacia mexicana debe tejer alianzas con los sectores corporativos estadounidenses que también perderían miles de millones de dólares con la ruptura, para demostrar que en el T-MEC no hay un ganador absoluto, sino una interdependencia vital en donde los constantes desencuentros políticos, que no pueden pasar desapercibidos, sin duda deberán ser superados por los máximos intereses económicos en beneficio de la población de los países involucrados.
@jorge.dasaev
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