¿Existe de verdad los parámetros de la satisfacción en las historias? Tal vez podamos identificar patrones, correlaciones, hábitos culturales; textos que encuentras en catálogos de estructuras eficaces. Pero determinar con mirada exacta lo satisfactorio implica algo tenso, es decir que el deseo se puede parametrizar y las emociones son estándar. El final, entonces, es una fuerza optimizada de interfaces. ¿Y si lo que llamamos satisfacción cae en el espacio de la obediencia? Obediencia a la forma hereditaria de la clausura, del fin. Una resolución visible con moraleja digerible. Con una violencia que decide en nuestros ojos dónde cae el peso.

Esto me hace regresar a cómo pensamos el fin fuera de las pantallas. De uno de los eventos más importantes de mi vida, conservo el sabor, las palabras posteriores y el dolor de hombros que no se me ha quitado, pero el papel que me dieron, lleva encerrado en una carpeta verde al fondo de mis archivos. Ahí encuentro el símbolo, quieto. Esa distancia entre el papel membretado y la experiencia ilumina lo que le exigimos a un final, carpeta y cuerpo en sí mismo. Certificado y calma.

Por eso la conversación sobre el final de "Stranger Things" me interesa casi nada como pleito de fandom y como elemento formal, sino en el espacio del síntoma. Se pidió "consecuencias", que el mundo pagara lo que prometió. Se habla de agujeros dramáticos. Circula la idea de que el guión se escribía al momento y que se usarían generativas para producir variantes. Sean datos o rumores, se expone una expectativa en la que el final se siente fabricado para como tapa que cubre huecos, fraude afectivo. No olvidemos lo sensorial ¿a qué te sabe un final insatisfactorio? Te sabe a vacío que no se llenan con imágenes (ahora la llenan con generativas de imágenes en redes, gran ironía) Cuando termina la serie ¿qué te queda en el cuarto, en las palabras, en el sueño? ¿Qué imágenes te provoca ese huevo y por qué están en la desesperación?

Tal vez porque el cierre se volvió el dispositivo gubernamental, en el que se ordena el conflicto, se decide la lectura ganadora y se premia el deseo. Si al final no se entrega el dictamen de resultados, nos deja sin dónde sostenernos y en el fondo la satisfacción se suele medir con los parámetros de cumplimientos que nominamos: arcos cerrados, misterios resueltos, castigo y premio en el sitio correspondiente. ¿De verdad queremos que todas las historias funcionen como recibos? ¿Dónde se aprendió que la madurez equivale a una clausura, y en la mirada normativa a la violencia?

Por supuesto hay manuales y bases de datos, por lo tanto, métricas y fórmulas de estudio. Pero el deseo, el cambio, la confrontación no es una tabla de Excel ni un KPI. ¿Qué estoy viendo en la historia que exige cierre? ¿Me permite dormir, o sólo silencia el resto?

Cuando una generativa produce el final plausible en segundos se revela la satisfacción acartonada y deja visibles las grietas de la imagen. Y si el final sólo nos deja dormir tranquilos quizá miramos para apagar preguntas, olvidarnos de las rutas, del viaje y del sabor y quedarnos en el hábito de la respuesta. Un final puede redistribuir peso en vez de cerrar las cuentas, nos muestra qué herida sigue y qué reparación no cabe en la escena. Poder sostener el vacío sin convertirlo en falla. Tal vez ahí está el reto, estar listo para un final que no satisface, pero sí nos mueve del lugar dónde estamos.

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