Jesús E. Lujambio

Miyazaki contra la economía de la atención: política sin héroe

CARTÓGRAFO FÍLMICO

Una mano enguantada flota en el aire, acaricia la cúpula de un frasco. Adentro: una espora luminiscente. ¿Cómo se relaciona con lo que no puede poseer? Miyazaki abre con esa ambigüedad. Esa mano es la de Nausicaä, la única que puede acercarse al Mar Corrupto sin que el cuerpo se disuelva. La cámara respira con el bosque: en lugar de un encuadre que explique el mundo, ofrece fragmentos, pliegues, primeros planos de insectos que devienen paisaje, provoca inmersión.

¿Y si esa operación formal fuera ya un gesto político? Vivimos entrenados para consumir imágenes como recursos: un desastre, un cuerpo vulnerable, un dato íntimo. Todo se convierte en materia prima de una economía de la atención que produce parálisis. Nausicaä ensaya con su cámara nivela el punto de vista hasta hacerlo incierto. ¿Quién mira cuando un ohm, ese insecto de catorce ojos rojos, se acerca y la cámara adopta su mirada? El montaje yuxtapone el ojo humano y el ojo de insecto sin jerarquías.

¿Qué pasaría si construyéramos un régimen de lo visible donde mirar no fuera sinónimo de poseer? Los ohms no son monstruos que exterminar ni recursos que domesticar: son vecinos con otra temporalidad. Se filman desde abajo, desde el suelo, como si aceptara que hay formas de vida que se sustraen a toda totalización.

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Miyazaki dibuja a Nausicaä fluida, andrógina, ágil, vulnerable. Su cuerpo esquiva el espectáculo de la fragilidad tan rentable en nuestro presente. Cuando se quita la máscara para respirar el aire tóxico, el gesto es una apuesta por otro contacto. La cámara prefiere la respiración pausada a los fragmentos de angustia, la mano que se alza para recibir esporas. Concibe la vida menos como propiedad que defender que como trama de alianzas: insectos, bosque, venenos.

¿Cómo sería una política de lo corporal que partiera, no de la autopreservación individual, sino de una simbiosis radical donde el cuerpo es un nodo en redes de interdependencia?

Pero quizá la operación más profunda sea temporal. En la mayoría de los filmes de catástrofe el tiempo es una flecha al colapso o al rescate; Miyazaki rompe con esa flecha cuando la cámara insiste en encuadres que muestran a los humanos como manchas diminutas en medio de bosques en regeneración.

Cuando Nausicaä descubre que el Mar Corrupto tarda siglos en purificar la tierra, ese instante deja de ser solo un dato científico y se convierte en una pregunta sobre escalas. Entonces aparece la intimidad en ¿qué significa habitar el presente desde el ritmo vegetal, dejando atrás la urgencia del héroe? ¿Cómo hacer política cuando soltamos la figura del salvador solitario y nos abrimos a tiempos que nos sobrepasan como individuos?

Nausicaä se inscribe en ese género que solo permite cuestionar las cohesiones del presente, y con ello desbloquea preguntas que el discurso dominante da por clausuradas. Más que ofrecer una respuesta a la crisis ecológica, nos devuelve la posibilidad de pensar. ¿Qué miradas practicamos en la intimidad de nuestra propia mirada, libres de vigilancia?

De pie sobre un ohm moribundo, los pies descalzos en el barro, levanta la vista hacia un horizonte abierto sin utopía. La cámara se queda a la altura de sus hombros, como si solo quedara aprender a mirar desde otro lugar, aquí, desde el suelo. Re-ver Nausicaä con estas lentes es entonces un acto especulativo: el mundo empuja respuestas cada vez más rápidas y cerradas; la película, en cambio, sostiene la lentitud de una pregunta. ¿Qué se juega ahí? Algo que aún no nos atrevemos a nombrar.

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