Y entre miles de sueños tejiéndose por el mundo Paul Matthews (Nicolas Cage) se convirtió en el fetiche del mundo, y el no puede hacer nada, porque nadie le pidió permiso, ni salva a nadie, ni empuña las herramientas de seducción que le permitiría habitar en el deseo, simplemente está ahí convertido en el sueño del otro, como una silla o una ventana. Lo inquietante es que a nadie le importa lo que él quiere hacer ahí, "te soñé anoche" es la frase que con naturalidad se enfrenta a diario y Paul le queda asentir, halago en un principio, pero sin comprender que lo usan de perchero para colgar el deseo ajeno.
En la mirada de Dream Scenario (Kristoffer Borgli) entendemos algo que cuesta aún hacerle frente: la viralidad es una parasitación consentida. Paul se vuelve famoso sin deseo puesto en ello y por tanto se convierte en la necesidad de lo que el otro desea y por tanto es la superficie sin inscripciones dónde cualquiera deja su marca y se va. Es parásito de la de una especie (la imagen, la fama, el meme), y esa especie vive a través de él sin preguntarle si tiene hambre, si tiene miedo, si alguna vez soñó algo que fuera suyo. Lo llenan de deseo ajeno y él se vacía y cuando alguien le dice "eres increíble", en realidad le está diciendo "eres increíble para mí", y ese "para mí" es la firma de una posesión que deja hueco.
El deseo viralizado se quema porque no tiene dónde aterrizar y Paul no puede devolverle a cada uno lo que depositó en él, porque una superficie no puede dar calor de las palabras, por tanto, el sueño se pudre. La comunidad onírica que lo había convertido en figurante empieza a soñarlo como amenaza y él que no había movido un dedo se convierte en el monstruo y la cámara lo confronta en una frialdad y precisión que hiela, pesadilla que es el residuo tóxico. El deseo que no encontró la salida se descompone y genera pesadillas y la comunidad que no se pregunta nunca qué se está pudriéndose dentro suyo, cancela al huésped.
La cancelación deja de ser un juicio y se vuelve el gesto inmune del ente que no quiere saber nada de su propia capacidad de producir monstruos. La comunidad onírica no soporta ver el deseo en reflejo como pesadilla y decide romper el espejo, Paul es el espejo y lo que se quiebra es la posibilidad de preguntarse en serio sobre lo que está pasando ahí, en el sótano compartido dónde todos guardamos lo que no nos atrevemos a desear despiertos.
Las imágenes se cierran con la máquina que permite entrar en los sueños del otro a voluntad, que en la ironía más neoliberal viene patrocinada en product placement, es la mercantilización hasta la última sinapsis. Alguien coloca el dispositivo y ve a Paul caminando por un pasillo y él lleva el disfraz de la empresa que paga el anuncio. Una imagen devastadora, repetida hasta el desvanecimiento pero una grieta dónde manifiesta que si se puede entrar en el sueño del otro y la tecnología atraviesan la membrana del deseo aparece la pregunta si podemos usarla para algo que no sea consumir ¿Puede una máquina de soñar compartida funcionar como un compost en lugar de un mercado? ¿Podemos soñar juntos sin devorarnos, metabolizar la pesadilla sin expulsarla, hacer algo con el deseo que no sea quemarlo ni venderlo?
Si el deseo fue lo que mató a Paul deseo que circulaba como un virus sin anfitrión que lo dirigiera, tal vez la posibilidad de desear juntos, con conciencia del enredo, sea la única forma de resucitar la capacidad de soñar otros mundos. La posibilidad de soñar se pudiera revertir al aprender a quedarse en la pregunta, a no expulsar al monstruo antes de haberle preguntado qué deseo propio viene a mostrarnos.