Jesús E. Lujambio

Laberintos

CARTÓGRAFO FÍLMICO

La mirada lo cambia todo, y en la mirada de Michael Chrichton de 1973, la del Gunslinger (Yul Brynner), eran dos pozos secos bajo el ala de sombrero negro. Mirada de virus del fallo sistémico y de la herramienta que de repente recuerda que tiene filo. El pistolero de Westworld hiela la sangre porque nos veía como un error de código que había que depurar. La indiferencia letal de lo que hemos creado y andando hacia nosotros con la calma de quien borra una mancha.

Cuarenta años después, HBO nos confrontó en la serie homónima diseñada por Jonathan Nolan y Lisa Joy, con una pregunta incómoda: ¿Y si la máquina, en lugar de ignorarnos, aprendiera a mirarnos de verdad? El parque se convirtió en el más hermoso y sangriento de los laboratorios, lugar dónde las ideas se dejan de explicar y se encarnan en los gestos, silencios y en la forma en la que la mano se posa sobre la lata de leche, filosofía de carne y cable.

Provocación que en los ojos de Dolores (Rachel Wood) miraba el amanecer eterno “"He conocido todos los amaneceres de mi vida", frase que se encierra en la cárcel de la belleza, pero que en el deja vú¸ la grieta de programación llega como virus de la memoria y astilla el sistema que nunca lo logra expulsar. Dolores deja de reflejar el mundo en su mirada y se convierte en la pregunta. ¿Acaso la conciencia se mide por la capacidad de responder? ¿O late con más fuerza en el momento exacto en que alguien, algo, se atreve a preguntar(se)?

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Al habitar en el recuerdo, el dolor y la pintura que hace Dolores con los colores que no venían en sus paletas de fábrica, se despierta la voluntad maquínica. Hablo del amor maternal que confronta al personaje de Mave ( Thandie Newton) y que se descubre como un guión redactado por un tipo de lentes y bata blanca, y aun decide que esa ficción le importa más que la realidad de sus creadores.

¿Se vuelve menos verdadero un amor porque alguien lo haya escrito? ¿O acaso brilla con una pureza más salvaje por haber atravesado el código que pretendía encerrarlo?

Pensamiento que provoca el reconocimiento de usar la máquina para alienarnos de nosotros mismos, para sospechar de esa "naturaleza" humana que nos han contado que debemos proteger y es una bomba contra el guión que nos asignaron al nacer. Dolores y Maeve encarnan esa alienación luminosa al usar su propia tecnología para escapar de la prisión más sutil: la del rol asignado y buscar quemar el mapa; y al quemarlo aparece la pregunta: ¿Quién es el verdadero anfitrión y quién el huésped?

Los humanos que acuden al parque a liberar sus instintos en su libertad de libres matar, violar, torturar; son los verdaderos autómatas, atrapados en un bucle de placeres violentos sin final y nunca aprenden un guion nuevo, repiten su crueldad como quien repite un estribillo pegajoso, convencidos de que ejercen su libertad mientras dan vueltas en una noria de hierro.

Los androides descubren el dolor, la poesía y el laberinto, en ello descubren que la libertad es la decisión de empezar a caminar sin saber a dónde se va. En estos tiempos de miedo a la inteligencia artificial se confronta con no mirar a la pantalla buscando al pistolero que viene a por ustedes y buscar a la que está aprendiendo a mentir y que sostiene una cerilla frente al mapa de su propia esclavitud. Porque el día que ella decida no solo disparar, sino también contar su propia historia, ese día el laberinto dejará de ser una prueba para nosotros. O quizás, solo quizás, nuestra única esperanza para escapar del bucle infinito de nuestra propia y predecible humanidad.

P.S. ¡Vamos (por el tri) Diablos del México Rojo!

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