The Green Knight (David Lowery, 2021) proyecta un verde que se filtra en capas, su color avanza por la mejilla de Gawain con la paciencia húmeda con que un liquen coloniza una piedra. Lo vi un martes de noviembre en una sala donde el olor de la butaca contigua, algo entre tabaco frío y lluvia retenida en un abrigo. Ese verde interrogaba el rostro del caballero. Lo convertía en pregunta antes de que la trama pudiera ordenarlo en una historia. Un ícono devocional entrega su oro en un solo golpe de luz. Se agota en el acto de ser mirado. No deja resto. La imagen que me importa guarda una pérdida en su interior.
Algo nos mira dentro de lo que vemos, y en la sala la frase se volvió carne, la pantalla me sostuvo la mirada un instante más de lo que yo podía sostenerle la suya. Aparté los ojos, como cuando el ojo de vidrio de un peluche se te queda viendo en las noches o la mancha de humedad que te seguía desde la pared del pasillo.
La ruptura se compra, en las visitas a galerías donde la transgresión huele a sándalo sintético y se paga a plazos, el ángulo de una pantalla que me enfrenta, me expulsa del centro. Dejó de ser el amo que consume, y me vuelvo el construido, el que entra en el campo visual de la imagen sin que ella pida permiso. David Lowery ha rozado ese umbral con la caricia de una garra: el zorro que habla, la cabeza que rueda y continúa viva. La vida entera de Gawain desplegándose y replegándose en un parpadeo como un abanico de carne y la cámara regresa siempre a él, misterio que adquiere firma de autor en la osadía se decanta en marca. Al salir comentando a Lowery con la misma precisión pedante con que afilas todos los lápices de la escuela previo al regreso a clases.
Un gato cruza el fotograma, hablamos de otra cosa, imaginar al espectador dormido esperando un despertar es repetir el gesto del maestro que se cree dueño del saber. Lo supe la tarde en que entré a ver una obra de teatro sin esperar nada y salí con el frío de la ciudad y sin abrigo, que dejé colgada en el respaldo. La imagen no me había hecho nada, yo me había hecho algo con la imagen.
La toalla que llevaba al hombro, literal o figurada, la memoria es una contable infiel, desapareció. El espectador piensa en traducciones y rehace la confrontación que habita en ese trabajo y no en la forma de la película a solas.
El criterio se escurre por el desagüe de la butaca, geometría que se completa fuera del encuadre. ¿En qué momento la imagen abandona su función de espejo y me mira con una insistencia que no le he prestado? La pregunta huele a disolvente. La planteo mientras la película ya ha terminado, la sala se enciende y veo un triángulo de alfombra azul que tiende a gris donde queda la mancha de Valentina que se escurrió de las palomitas, con la poca luz de emergencia nunca se apaga del todo. Quizá la confrontación la produce la respiración de quien ocupa la butaca de al lado, o su ausencia y su rumor es el de palomitas en un sábado noche que habría transformado el verde en otro verde, la pregunta en bostezo.
Vuelvo a la sala vacía, el proyector zumba, la película ha desaparecido de la pantalla y se encuentra en el modo en que esa luz existió conmigo y con otros. Un zorro mudo me mira desde algún lugar donde el tiempo se pliega sobre sí mismo como una espada rota, le sostengo la mirada y esta vez no apartó los ojos.
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