Jesús E. Lujambio

La Gramática del Despojo

CARTÓGRAFO FÍLMICO

Mississippi, 1932: el aire huele a madera quemada y sangre seca antes de que ningún vampiro abra la boca. La supremacía no necesita colmillos para extraer, para vaciar. Coogler despliega la cámara como un bisturí sobre Clarksdale: el linchamiento es industria y la segregación es método. Los cuerpos producen, sangran, alimentan.

Los gemelos regresaron al sur y levantaron un santuario de madera y blues. El Juke es un útero que olvida el negocio y donde la cultura late antes de ser parida. Pero el paraíso atrae al depredador como la luz atrae a la polilla. Remmick no viene a matar, viene a seducir con manto de inversión. Su hambre es la del capital que no trata de destruir sino de absorber. Quiere el blues vaciado de los cuerpos afroamericanos, quiere la forma sin la sustancia, quiere la sangre sin el cuerpo. Es el coleccionista que cree que poseer el disco es poseer el dolor que lo creó, la presencia de pensar que el crear es sin sangre.

La imagen se retuerce para decir lo que las palabras no pueden. Las imágenes en panavisión ensanchan la noche hasta volverla laberinto, los rojos de Autumn Durald sangran fuera de los bordes. La violencia se esculpe con una belleza que duele: cuando el cuerpo se rompe, la historia entera se deforma para que quepa en el cuadro. No hay goce en la mirada y lo que queda es testimonio.

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Pero el blues no se deja poseer.

Göransson lo sabe: la música es conjuro sin adorno, en la que los rezos cristianos fallan porque el dios que los recibió llegó en un barco de esclavos. El Dobro de 1932 perfora el silencio de otra manera: cuando Sammie toca, el tiempo colapsa. África Occidental cabe en un solo, Hendrix asoma la cabeza, el hip-hop late en los márgenes. Los ancestros no están muertos, esperan en las frecuencias que el oído colonial no puede registrar.

El vampiro escucha y no entiende. Puede vivir mil años, puede acumularlo todo, puede beberse cada gota de cada generación. Pero cuando pone los dedos sobre las cuerdas, solo obtiene silencio, al perder la herida, por más técnica que demuestre abre la evidencia de la falta. El blues no se aprende, se vive, transita y sangra sin llegar al precio. Por lo que el robo queda sólo en ilustración sin sangre ya que éste se transmite en la oscuridad del Juke, en el sudor del bailador, en el gemido que se escapa entre dientes rotos.

La pregunta final no es quién sobrevive. Los vampiros siempre sobreviven, esa es su condena. La pregunta es qué merece ser recordado.

¿La inmortalidad del museo que conserva la vitrina y tira el contenido? ¿O la del blues que se transforma en cada cuerpo que lo toca, que muere y renace en cada interpretación, que no necesita durar mil años porque sabe latir en un solo instante?

El vampiro puede vivir mil años, pero nunca sabrá tocar el blues.

Esa es su única derrota verdadera: la eternidad de un pozo seco, la inmortalidad de una piel prestada, la perpetua condena de escuchar algo que jamás podrá crear.

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