¿Qué clase de contrato firmamos con esa luz amable, y en qué momento la piel aceptó el oficio de credencial? A las once de la noche un anillo verde exige doce vueltas alrededor de la mesa del comedor, y el cuerpo obedece con la docilidad de un perro bien entrenado antes de merecer la cama. La felicitación vibra sobre el hueso de la muñeca, en el mismo punto de la piel elegido por la medicina antigua para escuchar la vida en el pulso.
En In Time (Andrew Niccol, 2011) es el punto del cuerpo donde se exhibe un saldo luminoso de años, días y segundos, y cada café, en su simpleza de sostén de la asignación laboral, se descuenta del antebrazo, fórmula visible de nuestros consumos diarios. Los habitantes de Dayton corren por calles de fábrica con la muerte a unas horas de distancia; los de New Greenwich pasean siglos intactos detrás de casetas de peaje, con el rostro detenido a los veinticinco años como una foto instagrameable de perfil eterna; película que en su venta se disfrazó de futuro pero que se ha construido dentro de la función del manual de instrucciones leído con retraso.
Gattaca (Niccol, 1997) coloca la aduana en la yema del dedo y la abre cada mañana con una gota de sangre frente al torniquete de la corporación; Vincent llega al trabajo con la sangre de otro hombre escondida bajo una piel postiza, después de tallar su propio cuerpo hasta borrar cada escama y cada pestaña capaces de delatarlo. Su jornada empieza con la vergüenza del propio cuerpo convertida en rutina de limpieza, y esa rutina guarda un parecido incómodo con el filtro de la cámara frontal y con el conteo de horas de sueño de cualquier lunes.
El solucionismo entra cada día a nuestras casas con voz de entrenador personal y forma de cápsula de magnesio; convierte la vejez en un error de programación y la tristeza en una falla con parche mensual, y su promesa habita un mediodía perpetuo, un presente estirado como chicle entre los dientes de una industria con apetito de eternidad ajena.
Esta noche quizá nuestra muñeca guarda un anillo abierto, y esa pequeña deuda verde pesa sobre la almohada con la gravedad de una culpa; en la misma luz se vigila a la repartidora obligada por contrato a portar su reloj y mide el pulso del empleado de almacén frente a su cuota de cajas por hora; nosotros la llevamos como joya y ellos la llevan como grillete con garantía de fábrica. El cuerpo envejece de todos modos, con sus manchas y su tristeza de domingo.
Esa misma pulsera entrega el latido de cada madrugada insomne al tablero de una aseguradora, y nuestro desvelo íntimo fija la prima de una desconocida con menos horas de sueño y más deudas. ¿A quién pertenece el insomnio convertido en tarifa, y qué deudas contraemos con esa mujer en cada una de nuestras malas noches solitarias? ¿Qué forma tendría un cansancio compartido a plena luz, fuera del inventario, con la fuerza suficiente para trazar el primer mapa de un tiempo común?
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