Si he de ser honesto, hoy escribo sobre una serie que me ha dejado reflexionando en los últimos meses, y si me permite usted cambiaré un poco la forma de escritura para explorar las ideas que se me han quedado dando vueltas. Hoy me toca hablar de Frieren.

Un grimorio que no sirve para nada y nuestra protagonista lo sostiene, lo abre, y en él se encuentran páginas que prometen el hechizo de rascarse la espalda o el de ablandar el pan hasta volverlo una niebla tibia sobre la lengua, hacer visible el eco del aire quito de la mañana o el rastro de un ser querido.

Afuera el mundo late en demonios y espadas, ciclos que se cierran como golpes y tareas que nunca parecen acabar: muerte, victoria, muerte. Pero ella vive en sin prisa, en el presente eterno, el tiempo chato que sin ayer y sin mañana, donde el conflicto pide otra muerte sin duelo, sólo en prisa.

Y luego, la calma del que no pase nada “hierbas que se mecen”, amaneceres que ocupan todo el cuadro o sólo el polvo suspendido. Y en el umbral pasa la vida que transcurre como el río que no tiene preguntas, en el dolor del olvido que es mecido por una brisa y en el duelo por los gestos que nunca más volverán a suceder: una mano en el hombro, risas cómplices de media noche y las miradas que se han perdido en el dolor de los segundos que nunca regresan.

Ella colecciona los grimorios que saborea en lo que llevan dentro, bebe de la luz de la luna y no trata de apresarla sólo la deja temblar en el instante de los labios. Lentitud casi geométrica, sin la línea recta hacia la yugular del enemigo y se pierde en el musgo, el color del otoño y el sonido de las campanillas al viento. El grimorio guarda la posibilidad del gesto que se ha perdido, la huella del héroe en la tierra y el pan que se ablandó como la memoria bajo la siguiente lluvia, el tiempo que se ha perdido. El tiempo, ahí, es un fruto de tres dimensiones: el pasado que no se ha ido, el presente ligero y caminante, el futuro que no se acelera y llega, envuelto en niebla, con la próxima alba.

La violencia se soluciona a golpes casi rítmicos, pero la contemplación disuelve toda posibilidad del golpe. Frieren ha dejado las metáforas de la confrontación con una daga, cierra los ojos, el viento le mueve la capa como un ala cansada y Fern, su aprendiz, espera, aprende de sólo mirar. Encuadres que duran lo que dura una exhalación de aire que se pierde como el sonido del roce de las hierbas, silencios, tiempos muertos que han dejado de ser pausas y se vuelven los latidos de la existencia que eligió no atrapar nada.

¿Y si la auténtica magia fuera eso? ¿No atrapar? ¿Renunciar a la cacería? ¿Qué grimorios nos perdemos por habitar un tiempo sin espesor, un reloj que sólo marca la hora de actuar?

Frieren cierra el libro inservible. Algo en sus labios se curva. El fantasma de un futuro que sí fue, promesa cumplida sin estruendo, la mira sin pedir nada, como quien contempla una estrella que ya murió hace siglos y sin embargo alumbra. La belleza se encuentra en olvidar en vencer el tiempo, derrota asegurada, es dejarse mojar por la lluvia que cala en los huesos y saborear el transcurso del episodio como quien bebe el té que no está hecho para apurarse y con cada sorbo un adiós y por tanto una bienvenida.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Google News