Tae-suk, en 3 Iron (Kim Ki-duk, 2004), atraviesa las casas ajenas que no busca poseer sino apenas coincidir un instante con la vida de otros se revela algo que preferirías ignorar: el hogar se posa sobre el vínculo que dos cuerpos tejen al amparo de una mirada que el mundo ha decidido apagar en otra parte. La casa se levanta sobre el acto de pasar inadvertido, sobre la intimidad que florece justo allí donde la propiedad afloja su mandíbula, mientras observas a ese muchacho reparar objetos rotos conviene que midas si la casa que llamas tuya está hecha de ladrillo o es más bien la persona que te sostiene cuando todos los demás han girado el rostro hacia otra pantalla.
El deseo toma ese pliegue y lo habita con una soberanía, el espacio permanece idéntico mientras la geometría entera del aire se transforma bajo un deseo que exige existir del otro lado de todo permiso. La intimidad asciende a morada verdadera y el cuerpo del otro se vuelve la única casa que el deseo puede levantar mientras flota, una morada que se sostiene sobre el vacío de toda escritura, y cabe que reconozcas cuánto del amor que persigues respira mejor en la sombra que bajo la luz que los demás te exigen habitar, cuánto de tu deseo se mustia apenas lo exhibes.
La balanza que Tae-suk repara una y otra vez oficia como un nombre del equilibrio que sólo adviene cuando alguien suelta el peso de lo que ya ocurrió, y Sun-hwa carga ese pasado con la pericia de quien aprendió a moverse dentro de su propia casa como dentro de una prisión, sostenida por la violencia del hombre que la define hasta en la respiración. Marcharse equivale a desprenderse de la dolencia que organizaba sus días, a poner la balanza en cero para que el fiel quede libre de toda oscilación heredada, y mientras la ves alejarse conviene que peses tu propia carga y qué parte de tu equilibrio descansa todavía sobre la herida que un día juraste abandonar, porque acaso sigues calibrando tu vida con la pesa exacta de aquello que te desgarró.
El porvenir que la pareja dibuja se alimenta sin embargo de la misma violencia que aspira a dejar atrás, la fuga nace de los golpes, el encuentro brota de la casa prisión, el deseo se enciende en el encuadre donde antes ardía el miedo, y el futuro guarda en sus cimientos la marca húmeda de aquello que lo originó. Cada paso hacia la libertad arrastra adherida la huella del daño, cada plano del amor nuevo proyecta la sombra del viejo terror, y mientras crees avanzar hacia una mañana limpia acaso edificas sobre el barro de la dolencia que pretendes superar, levantas tu casa futura con los ladrillos del derrumbe anterior y a ese montón de escombros le dices hogar con la misma boca que pronunciará las palabras del amor.
Por eso la propuesta del director es volverse fantasma, pasado que insiste y futuro prometido que tarda regresan convertidos en aparición que resulta fantasía, deseo que ronda los bordes de la imagen con la terquedad de lo que busca cumplirse y se alimenta de la demora. Nuestro protagonista vuelve a los pasados hecho una sombra que sólo Sun-hwa percibe, y en ese retorno el amor se revela como fantasía que alguien sostiene con los dientes, una presencia que el deseo conjura para habitar el intervalo entre lo que fue y lo que aguarda, de modo que el espectro y la fantasía comparten una misma sustancia y aquello que te falta vuelve siempre disfrazado de aquello que anhelas. Las casas que hoy habitas tienen paredes de un futuro que sigues deseando, y el amor es a veces la fantasía que uno levanta para soportar una ausencia que se queda quieta, intacta, como un animal que respira apenas bajo los escombros.
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