Los nodos entran en la piel del brazo con una aguja delgada y quedan ahí como pequeñas puertas, Memo se conecta cada noche en Tijuana y levanta un edificio en San Diego con las manos de un robot, y al terminar el turno su cuerpo permanece en la silla con los ojos en blanco y el trabajo del otro lado de la frontera. Sleep Dealer (Alex Rivera, 2008) llamó a eso lo mejor del sueño americano, un país con el trabajo sin el trabajador. ¿Dónde estuvo Memo durante esas ocho horas, y a quién pertenece un cuerpo con la fuerza exportada por cable?
En la misma película Luz tiene los nodos en la nuca y sube sus recuerdos a una red de memorias, con pago por cada persona interesada en vivirlos desde dentro. Al principio la escritora cuenta su vida; un comprador anónimo paga con generosidad por las historias de un hombre conocido en la terminal de autobuses, y la memoria de Luz empieza a moverse hacia ese gusto, con los encuentros alargados y los silencios recortados. Ella conserva la sensación de estar recordando; lo recordado ya viene con forma de pedido.
A la una de la mañana mi pulgar recibe el video de una persona con su diagnóstico reciente, con la voz quebrada y el piano de fondo, un contador de vistas en la esquina, y noventa segundos después llega un pastel, luego la lluvia en un pueblo del otro lado del mundo. La aplicación entrega cada regalo, con la promesa de algo mejor en el siguiente; Luz cobraba por conexión y nosotros pagamos con permanencia, y ninguna de las dos monedas aparece en un recibo.
Nuestro streamer del diagnóstico trabaja el mismo turno de Memo, un tablero con la curva de abandono minuto a minuto, el tema de mañana depende de nuestra madrugada de hoy. Ahí ocurre la operación completa de la película, con la memoria ajustada al comprador y el cuerpo exhausto en la silla al final del turno. Nuestras tres horas de insomnio forman su nómina y también su guion, con el llanto más largo en la próxima entrega.
Luz descubre tarde el rostro de su comprador, nuestro nombre jamás aparece en la pantalla del streaming del diagnóstico, y aún así estuvimos ahí anoche con el sonido apagado y la cara iluminada por su llanto, con el pulgar listo para huir al primer minuto lento. La enfermedad dura lo mismo con público o sin él, y nuestra madrugada decidió el tono del próximo episodio, con el diagnóstico convertido en temporada y el cuerpo enfermo puesto a trabajar por segunda vez.
Cada mañana repetimos el juramento de la indignación frente a las plataformas y cada noche volvemos al mismo perfil con la fidelidad de un cliente antiguo, y esa distancia entre nuestro discurso y nuestro pulgar tiene precio en rebaja. Memo terminaba su turno con los ojos en blanco y regresaba a una casa con agua comprada por litro, el del diagnóstico termina el suyo con la cámara apagada con el reporte de visitas abierto en la otra mano. ¿Cuántas madrugadas de esta clase caben en nuestra vida sin enterarnos de que ya trabajamos para alguien más?
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex