Uno entra a un bar, una reunión o la cocina de una casa y en diez minutos ya está la división: los que explican y los que dudan, los que afirman y los que ya están sentenciados antes de hablar. La credibilidad flota como un perfume barato: unos lo llevan puesto, otros apenas pueden acercarse. Uno dice "yo estuve ahí" y la mesa se inclina; otro dice lo mismo y alguien murmura "siempre tan exagerado". La verdad viaja pegada al cuerpo que la dice, a la calle donde creció, al cargo que ocupa. A veces lo único que importa no es qué se dice, sino desde qué lugar de la sala se permite decir algo.
La novela gráfica The Department of Truth (Tyrion IV) provocó al tomar la pregunta por la verdad y la mete en una licuadora de viñetas que se rompen, se superponen, se niegan entre sí. Pasa algo y en la página de al lado pasa lo mismo pero distinto, y las dos imágenes conviven sin anularse, como si la realidad fuera un montón de versiones apiladas. La viñeta es un fragmento que choca con otro, y de ese choque no siempre sale verdad: a veces sale un mundo nuevo que no existía antes. El dibujo trabaja con manchas, archivos quemados, rostros que se corren. Esa estética muestra que lo real es lo que logramos fijar antes de que se queme el archivo, olvidando el solo registro de lo que pasó. Miramos el mundo como quien revisa pruebas, pero también como quien fabrica lo que después llamará recuerdo.
Como sociedad producimos relaciones de verdad todo el tiempo: decidimos quién puede declarar, qué cuenta como prueba, qué tono suena a sincero. Son capas de historia acumulada: de siglos de quiénes tuvieron derecho a hablar primero, de qué cuerpos aprendimos a creer y a cuáles a filtrar. La verdad es un edificio construido con archivos, rumores, silencios, con deseo: creemos no porque sea cierto, sino porque necesitamos que lo sea, porque esa historia nos organiza la vida, nos da enemigos claros, nos promete un lugar en el relato.
En sus páginas, la verdad es una línea de montaje donde entran testimonios, recortes, gritos, y de donde salen relatos que después llamamos "realidad". Lo que importa no es tanto si algo pasó, sino cómo logra fijarse, cómo atraviesa los filtros que pusimos sin saber.
Y en ese recorrido, las imágenes muestran el resto, lo que no entró en el relato, lo que quedó afuera. En los bordes de la viñeta asoma lo que no pudo ser pero insiste. A veces eso que insiste es la semilla de otra posibilidad.
Hay historias que prosperan porque calzan con lo que muchos necesitan creer: que el culpable es ese, que el peligro viene de allá. Otras se mueren antes de nacer, no por falsas, sino porque quien las trae arrastra una mancha: el conflicto. El entorno exige que esa voz sea perfecta. Si titubea, miente; si se quiebra, manipula. Pero este muestra también voces rotas que inventan, tartamudeos que abren grietas por donde se cuela otro mundo. La credibilidad se ha vuelto llave, sí. Pero la llave abre cuando alguien cuenta tan mal su historia que obliga a inventar una nueva forma de escuchar.
En las viñetas hay grapas, dobleces, tachaduras, tiempos que no coinciden, imágenes que no cierran, espacios en blanco donde algo falta. Ahí se ve que la verdad no cae del cielo: se arma, se disputa, se impone, se inventa, y a veces se rompe para siempre. Lo incómodo es que la verdad no es un objeto sino relación: entre lo que se dice, lo que se calla, lo que se muestra y lo que se tapa. Su materia son los cortes, los saltos, lo que no encaja. Uno sale a la calle y escucha a alguien decir "yo lo vi con mis ojos". Y en lugar de preguntarse si es cierto, alcanza con preguntarse: ¿qué mundo estamos construyendo al creer esto?.
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