Una película puede tardar años en volverse legible, y la conversación digital le exige resultados el primer fin de semana; hoy el examen se llama Digger, de Alejandro González Iñárritu y apenas se encienden las luces hay que publicar una opinión, y quien llegue en marzo parecerá un rezagado, ese calendario pertenece al mercado y lo adoptamos como si fuera el del pensamiento.
Presentismo cinematográfico lo llamo y es la obligación de mirar y discutir una película dentro de su plazo comercial, la industria vende novedades, y la crítica que acepta su calendario trabaja para ella a destajo; cada reseña apresurada prepara el siguiente lanzamiento y su lógica neoliberal llega así a la argumentación, gana quien reacciona primero, el juicio sale con fecha de caducidad impresa junto al precio del boleto. Sostengo que mientras pensemos el cine desde el consumo, lo que llamamos análisis será publicidad con mejores modales.
Hay escenas que adquieren sentido cuando cambia la vida de quien las vio. En 2009 Jesús González Requena cuestionó en Cahiers du Cinéma España la costumbre de juzgar el cine por la eficacia de sus mensajes, y desplazó la pregunta hacia lo que una película hace con nosotros, escapa a la sinopsis y madura a destiempo.
El cine fábrica tiempo con la duración de los planos y el montaje: nos hace convivir con una espera o enfrentar un pasado que todavía actúa, llegamos a Blade Runner por sus máquinas y regresamos años después para discutir quién merece una vida y quién quedó reducido a herramienta; entre una visita y otra cambiamos nosotros, y con nosotros la película.
En Roma, discutir la representatividad de una trabajadora doméstica abre preguntas más incómodas. ¿Desde qué distancia observamos a Cleo? ¿Cuánto dura su trabajo en el plano? La política de una imagen está en el lugar que asigna al espectador, y una representación puede hacernos reconocer a alguien mientras protege nuestra comodidad frente a su subordinación, preguntas que pedían años; el ciclo de estrenos las cambió por una temporada de premios.
La misma comodidad reaparece en la crítica que convierte el gusto en certificado de superioridad y arma con cada estreno un tribunal de calificaciones y chismes. Qué eficiente un juicio que siempre encuentra el problema en los demás. El tribunal pierde a sus jueces en cuanto aceptamos que el yo se forma al identificarse con una imagen ajena. Lacan llamó estadio del espejo a ese momento, y con él la relación con el cine pasa del gusto a la fabricación de sujetos. Cada forma de mirar ensaya a alguien. El consumo ensaya siempre al mismo homo apantalladis: un cliente puntual con su opinión lista.
Una película guarda más futuros de los que su estreno autoriza. La futurabilidad toma en el cine la forma de sentidos inscritos en un plano a la espera de quien los active, el calendario comercial los clausura con una calificación de cinco estrellas. Fuera de ese calendario habitaríamos el retraso como método. Imagino un cineclub universitario que dentro de cinco años proyecte Digger junto a Amores perros para preguntar qué futuros ensayaba el cine de Iñárritu en 2000 y cuáles conservaba en 2026. Para el mercado esa sesión es pérdida pura: preguntas lentas y métricas en cero; ahí empieza su potencia y la interpretación se vuelve bien común y la película una casa que cada visita reamuebla.
Quien mira diseña lo que esa película todavía puede ser. Digger seguirá ahí cuando su fecha de estreno sea un dato perdido en Wikipedia, con sus futuros intactos para quien llegue tarde.
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