Jesús E. Lujambio

¿Dónde interrumpiste una imagen que exigía replicarse?

Cartógrafo Fílmico

Compramos el boleto para aplaudir al ungido y salimos en plena satisfacción de haber visto lo que ya sabíamos que veríamos, deseo que se sostienen en no poder salir de ahí; ritual en su más pura función, en la que el fraude es mutuo y su pantalla finge mostrar mientras nosotros fingimos mirar. La imagen del cine actual se habita en la máquina vieja de Xerox, esa que gira en cada sala con su ronroneo casi felino; caso en el que Nolan encuadra el tiempo como quién archiva los expedientes, y cada silueta habita su encuadre hasta volverse borde, mientras sus diálogos se sostienen así mismo con la elegancia de notaria pública. Caso último del que trepa muros, que ya es tanta la misma pared, que el cemento ya se encuentra dentro del canon de la franquicia.

¿Cuál fue la última película que te aplaudió a ti por haberla entendido?

El acto de dirigir se ha vuelto notarial, y el acto de mirar el de registrar el sello con el que viene, sin dudar nunca, porque la imagen no quiere que dude. Sin caer en el ceño fruncido que provoca habitar el cine desde las “auras” , de quién mira todo desde el balcón, ya que ese elitismo creía ingenuamente que existía un arriba desde dónde despreciar. Nosotros vivimos dentro de la copiadora, escribo esto en la pantalla que replica a la pantalla y usted lo lee en la otra, caverna platónica con contraseña de Wifi. Interesa las texturas y por tanto el gusto ha desaparecido desde hace tiempo; ese punto donde el tóner llega a perder toda su capacidad de violetas y falla, mientras la imagen respira de un blanco que es el intervalo, pausa dónde algo que no pensábamos podría ocurrir. El cine que olvida toda posibilidad de representación es el que tartamudea, manchas de cristal en el escáner que cada proyección reinterpreta en obediencia imperfecta.

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Piense en la fotocopia que salió mal, como un programa estético, el cineasta que se le atasca el tambor, deja que su diálogo se repita hasta perder el sentido y provocar otro, y por tanto permite que la cámara olvide el encuadre y registre el rincón que se olvidó de

iluminar. Ahí es donde la silueta deja de cumplirse, la imagen deja de ser una sombra validada y se convierte en acto. La herida nos habita para eso, mientras la cicatriz trata de clausurar y trasciende en validar la experiencia en un sello que sostiene sólo la validez del acto de vivirlo y no de la forma en la que el tránsito y por tanto el trazar el mapa se convierte en el temblor de lo posible y por tanto no en el acto de la representación. Todo gran plano es la herida que se niega a sanar, o perdón que permanecerá abierta. La ironía de nuestra época es que pagamos por las cicatrices clausuradas, validadas en el acto del instante y selladas en el pasaporte de sólo el acto de llamar catarsis a un trámite.

Imaginaríamos, entonces, no la cancelación de la copia ni el regreso a un original perdido, sino la potencia de la “mala” y por tanto trazar las vulneraciones al ciclo como un acto que nunca termina en ninguna fijación. Sería habitar el silencio como el zumbido bajo el chasquido de la copiadora, Sería habitar el silencio no como lo que falta, sino como el zumbido bajo el chasquido de la copiadora: textura de una escucha que no se convierte en figura. Deseamos, tal vez sin saberlo, ese punto ciego del pliegue, la copia tan saturada de intervención que pierde el apellido de copia y se convierte en acto: no la sombra validada en la caverna, sino la mano que interrumpe el rayo de luz y descubre que puede desviarlo. Usted decide si sale del cine o si le pide la factura.

Feliz primer año de Cartógrafo Fílmico.

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