¿Qué ruta se traza cuando lo afectivo se pliega sobre el mismo eje? La ficción "innovadora" propone mundos complejos (ciudades suspendidas, revoluciones, espiritualidad reprogramada) y sin embargo repite la misma operación: el vínculo se vuelve trámite de emparejamiento, la política escenografía, el romance dictamen legible. Queda una pregunta: ¿cómo seguimos juntos sin reducirnos a pareja? Arcane, The Legend of Korra, entre varios, construyen tensiones de clase, traumas de linaje, filosofías enteras, pero opera el mismo mecanismo: lo múltiple debe volverse binario, el tejido comunitario adelgazar a hilo único, el conflicto político terminar en wallpaper de un beso.

No es el amor el problema, es la pobreza de imaginar que el destino siempre se juega en pares. Arcane explora el dolor de una hermandad rota y redes de cuidado entre mujeres. La relación entre Vi y Jinx es el conflicto sísmico que tiembla los cimientos de Piltover. Pero el relato no sabe qué hacer con ese temblor: la complejidad fraternal se vuelve obstáculo para el destino de las "parejas principales". La tensión política y la hermandad son el paisaje que la pareja debe atravesar. La comunidad es escenario; el romance dicta el final.

En Korra, el contexto lo es todo. La relación Korra/Asami fue un hito contra la censura. Que el primer beso lésbico de Nickelodeon tuviera que ser un casi-beso, manos tomadas frente a un portal, es la prueba: el romance es el "dictamen legible". El sistema permite la sugerencia de la pareja, cierre comprensible y rentable, pero castiga el relato de la comunidad. La imagen de las manos, triunfo aparente, se siente vacía porque es una concesión: la red que sostuvo a Korra se evapora para llegar a ese punto legible. La revolución prometida termina en una imagen que pide permiso para existir.

Esto no es neutral: nos enseña a esperar la reducción, a leer lo múltiple sólo como preliminar. Las comunidades afectivas (las que cocinan para el duelo, velan sin esperar nada) no existen en el relato, o existen como decorado que prepara el terreno para el destino erótico. La amistad profunda no tiene derecho propio, sólo trampolín o consuelo. Aprendemos que el otro importa mientras haya posibilidad de romantizar. La industria lo sabe: la pareja es reposteable, máquina de atención. Una amistad profunda produce menos engagement porque no promete propiedad. El romance funciona como tecnología de sincronización: obliga a dos vidas a colapsar en una línea. Así se cancelan futuros: la amistad que se desborda, la alianza política que pide paciencia, el vínculo con ciudades, objetos, animales.

¿Qué narrativas emergen si suspendemos esa operación? No se trata de erradicar el amor romántico, sino de devolverlo a la red. Una trama donde la pregunta no sea "¿elegirá a A o a B?" sino "¿cómo se reorganiza la red cuando alguien falta?". Donde lo erótico coexista con lo íntimo sin secuestrarlo, donde la pasión sea un hilo más en un tapiz comunitario. Imaginar otra cosa pide otra temporalidad: que el romance respire al ritmo de la cooperativa, la tripulación. El conflicto puede ser la precariedad, la violencia institucional; el beso, cuando llegue, no será sello que cierra la historia, sino un evento más, sujeto a las mismas tensiones que el reparto de la comida o la vigilia por un enfermo. Una historia donde lo urgente no sea la confirmación de la pareja, sino la demostración de que la vida se sostiene en muchos puntos.

La pregunta no es "romance sí o no", sino "romance, ¿a costa de qué?"

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