En casa lo que decide el rumbo del día a día rara vez hace ruido. Un mensaje que llega tarde, una puerta que no se cierra bien y que suena como si la casa tuviera un tic. Los objetos modestos, gestos de lo cotidiano que tienen una cualidad incómoda al cambiar el mundo sin parecer “épico”. Luego, llegan las imágenes que hablan del presente y del futuro montadas con el volumen máximo y con sonoridades al extremo en la que las puertas explotan, los desacuerdos ya no son grietas afectivas y/o políticas sino que se resuelven a punta de pólvora.

El conflicto se convierte en una prueba de fuego con armas sofisticadas, golpes coreografiados y un repertorio que sostiene sus atajos narrativos en la violencia y en las promesas de dar un cierre. Pero, ¿se puede venir de otro lugar?, se puede nombrar éste lugar desde la práctica de lo comunicativo, esa que logre escapar del noticiero y sus imágenes y de reducir la paz a una ausencia de la pólvora. ¿Y se podrá ir a otro espacio? en el que se especule más allá de la paradoja obstinada de una imaginación gigantesca en la que los mundos se abren, los mapas se despliegan y en que las soluciones se dejen de encoger para caber en un cañón.

No me interesa moralizar la relación con las narrativas de la ficción, ni negar (fingiendo) que la violencia no forma parte de la historia, ni pretender exigir especular en certificados de buena conducta dados por una institución. Quisiera entender el por qué, incluso cuando se logra imaginar universos enteros, se insiste en resolver el nudo dramático con una gramática más vieja que las palabras y la tecnología que lo sostiene. ¿Qué implicaría “desmaterializar” ésta imagen, quitarle el peso simbólico y bajarle el prestigio? ¿Sería abrir paso a negar el monopolio de la eficacia?

La ficción no solamente es un objeto que se encuentra en un aparador de provocaciones de diálogos, sino son los argumentos de explicación que tenemos para construir eso, puentes de comunicación. Pero se encuentra en un espacio de compresión utilitaria, ideas en las que el conflicto se administra con la imposición.

Y, en esa idea cuando la habitamos a la macro escala industrial, nos enseña a dónde poner la vista.

Al detener cualquier pregunta dentro del espacio de lo “realista", de la venta de una “madurez” y lo “catártico” detenemos cualquier otro proceso de construcción de lo que podría ser. El problema se nos manifiesta cuando las idealizaciones se apoyan siempre en la misma prótesis de lo moral, una violencia como método de conocimiento, en la que el universo es un examen de fuerza, y la que la política se reduzca al aparato del espectáculo que necesite un cuerpo que caiga para que la historia avance.

Y es cierto, hay narrativas en la que la violencia exhibe el horror y no sólo es el aparato de glamuroso y dónde se encuentre una mirada de denuncia, en la que la mirada se habita desde la incomodidad y no sólo de la satisfacción. Pero el punto es que el dispositivo se contamina incluso cuando la historia “crítica” la violencia, la cámara parece seducida a adorarla. Y, por lo tanto, la puesta en escena convierte el arma en un ícono y el montaje la hace bailar al ritmo del placer del sonido.

La búsqueda de éstas preguntas no pretende borrar las armas de la pantalla con un letrero que advierte del uso de las malas palabras. Trabajaría más en desactivar su aura y quitarles el privilegio de lo narrativo al dejar de ser la herramienta de la función positiva. Recolocar el conflicto en su dimensión compleja volvería sospechoso la idea de que la paz sólo es un intermedio entre las batallas y no el diseño deliberado de las relaciones.

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