Jesús E. Lujambio

El placer que sobrevive a lo que sé

Cartógrafo fílmico

Hay un instante en que el cuerpo de Clive Owen, en Rey Arturo (Fuqua, 2004), cruza la niebla de Britannia, y algo en el pecho se eleva con él, un ascenso que no pide explicaciones. Conocemos el engranaje, ese Arturo de mandíbula romana y discurso de libertad calibrada, y sin embargo el disparo nos arrastra, la vibración persiste. Tal vez el asunto comience ahí, en esa persistencia que el conocimiento no alcanza a disolver del todo, en esa fórmula “yo sé muy bien, pero aun así”, un gesto que hoy se ofrece sin exigencias, que nos deja simplemente habitar su interior mientras la imagen se despliega.

¿Qué sucede, entonces, cuando el reflejo halagado se convierte en el paisaje mismo que miramos? Quizás la cuestión no esté en sí la imagen nos engaña, sino en qué hacemos con ese brillo que nos devuelve una figura tan cercana, tan nuestra. Y más aún: si acaso existe un modo de estar frente a la pantalla que no la reduzca a espejo, sin devolvernos nada más que su propio peso, su propia textura. Qué clase de compañía podríamos encontrar ahí sí la mirada, en lugar de volver siempre a nosotros, se permitiera simplemente encontrarse con lo otro.

Durante décadas se creyó que el engaño de la pantalla funcionaba sobre la creencia, que los espectadores tragaban el mito como quien traga un pan sin masticar. La operación se refinó más, no me piden que crea en Arturo-el-líder, en Arturo-el-demócrata que reparte esperanza a las tribus sármatas como un CEO distribuye visión trimestral. Me dejan saberlo todo, me permiten completa lucidez, me dan placer en la crítica después de la cena y así mientras explico mi diagnóstico, el disfrute continúa por debajo, indiferente a mi conocimiento, y se alimenta de la misma imagen que quiero revelar. El reflejo no me pide fe. Me pide que me ame en él.

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Antoine Fuqua muestra espectáculo y ahí está, el combate vibra, el paisaje pesa, la carne del héroe golpea el aire con una convicción física que ningún argumento puede quitarme, y sin embargo ese momento se consume a sí mismo, se cierra sobre su propio brillo sin mover nunca el marco desde el cual lo miro. Un evento sería el temblor que recorre el suelo bajo mis pies, la fisura que me obliga a preguntar desde exactamente qué lugar estoy disfrutando y a qué costo. Pero aquí solo hay brillo que regresa a mi rostro embellecido, la caricia industrial del músculo correcto, el aplauso interno de reconocerme como superior y libre en un cuerpo que nunca fue mío.

Esto es lo que me quema del asunto, y lo escribo sabiendo que me traiciona: me gusta la película. Me gusta con un placer tan grande que duele, un placer que perdura en cada página que podría escribir en su contra. El dolor no está en el engaño porque no hay engaño; está en el reconocimiento de que la lucidez llegó tarde y llegó demasiado, que llegó a ver toda la trampa y vivir en ella con alegría; que el aparato ya contaba con mi inteligencia como parte del combustible. La crítica que se limita a nombrar la trampa participa del mismo gesto tranquilizador, se coloca por encima, sale limpia y el disfrute sigue girando en la oscuridad como una turbina que ninguna palabra toca.

Entonces hay una imagen imposible flotando en el reverso de esto, una imagen que, en lugar de aceptar el reflejo halagado, se atrevió a no reconocerme, que me quitó el confort del espectador y contó conmigo desde otro ángulo, uno donde mi placer dejó de ser el centro que componía la pantalla. Si esa imagen existe, no la busco en la trama o en el mensaje. La busco en el punto donde la superficie deja de reflejar y comienza apenas a mirar de vuelta.

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