¿Y si las imágenes nos llevan a la bitácora de la pasión? Registro invisible de las pruebas de lo que sentimos. Beso en la lluvia: dos puntos. Encuadre cerrado, manos que se encuentra, acta que se firma. La imagen como imagen notarial, y nosotros, burócratas del deseo. Archivamos el gesto en recibos para facturar ¿Cuándo dejamos de sentir el roce para empezar a comprobarlo?
En la factura del deseo, se aprende con imágenes prestadas. Y entonces, veo mi propio imaginario, collage de escenas que heredé: carreras en el aeropuerto, declaraciones de paisajes y besos con música de fondo. Plantillas. En el habitar el molde, se construye el agotamiento, donde amar se convirtió en examen y lo íntimo una evaluación del trimestre. Me pregunto cuántas veces he sido examinador y examinado.
Encuentro una obsesión fascinante en éstas preguntas provocadas por Sam Raimi, Send Help (2026). En la que la isla, decorado social reducido a cero, se habita el deseo, que en vez de liberarse se pega al miedo, a la necesidad de no estar solo. El sobreviviente se vuelca a su archivo interno de lo que debería y a la conexión entre el poder y el amor. Y el archivo trata gobernar lo ingobernable. De ahí que, cuando lo que manda en el ideal, se revela al otro y se vuelve un recurso, el cuerpo caliente, el oído que escucha, el espejo que me devuelve lo estable de mí mismo. La fantasía no es escapismo, es el sistema de administración del riesgo que supone el otro. Lo vuelve imagen y cuando se resquebraja sentimos la deuda.
En la mirada de Raimi se desborda la misma para convertirse en sátira de las necesidades del afecto atrapado en las imágenes. Deseos manifiestos de la imagen que se sostiene en los cuerpos que se vislumbran y las relaciones provocativas que se construyen en la isla. En un mundo de métricas, hasta el corazón late con la ansiedad del engagement: hay que mostrar, cerrar, actualizar el estado. Demostrar. El otro se convierte, sin que nos demos cuenta, en la superficie donde imprimimos nuestro propio resultado. De ahí que las palabras del cierre de la película se muestran
En consecuencia de la mirada propia, se organiza lo íntimo, pero en la organización del montaje se filtran las expectativas. ¿Cuánto de lo que llamó "merecer" es en realidad un guión? De ahí que lo romántico llega con aspavientos de violencia. Un montaje suave que salta de la fricción a reconciliación, sin hueco al malestar. Banda sonora que retuerce el sentimiento y que la idea de que un "no" es sólo obstáculo narrativo en el camino al final. Promesas de cierres limpios que cancelan los futuros más extraños y verídicos. Todo lo que no encuadra queda fuera de cuadro.
Si el afecto no cabe en el cuadro, el relato desconfía: activa su régimen, castiga, corrige, reencuadra. La isla de Raimi, laboratorio mínimo, deja ver el mecanismo: cuando la relación deja de rendir evidencia, aparece la violencia del guión pidiendo continuidad. Intuir otra posibilidad sería filmar distinto: una cámara mental menos ansiosa de prueba, menos adicta al cierre. El cuerpo del otro no es una pantalla donde proyectar mi "resultado", ni superficie para sellar el éxito del afecto.
Me gusta imaginar un afecto fuera del consumo, sin factura ni acta, viviendo en otra temporalidad. Hecho de duración: pactos mínimos y renovables, atención sostenida pero no invasiva, margen para la opacidad y el silencio sin sospecha. En vez del beso-selló, el gesto más radical quizá sea una mano que suelta a tiempo como cuidado del futuro posible, ese que el montaje rápido suele dejar fuera de cuadro.
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