Aquella imagen nos aborda con la familiaridad de un recuerdo que precede a toda biografía: una habitación amarilla de alfombra verde pálido, tubos fluorescentes cuyo zumbido ocupa el cuarto como su único habitante posible. Un foro anónimo la hizo circular en 2019, huérfana ya en su origen, y ahí quedó consagrada como el grado cero de una memoria que aguardaba, paciente, su momento de activación. De ese anonimato saltó a cortos de YouTube y luego a película de A24, obra de Kane Parsons, un muchacho de dieciséis años capaz de extraer, del ruido de internet, una intuición que resultaría generacional: la inteligencia artificial materializa con precisión ese recipiente de tiempo vacío que todo habitante de pantallas reconoce como propio, aunque jamás lo haya visitado.
Clark cruza una puerta del sótano y el espacio lo consume con una fascinación que ocupa el lugar reservado al monstruo, porque el backroom extrae los rasgos superficiales de los lugares y los deja flotar sueltos de su contexto, tal como recorrería el mundo quien anduviera bajo efectos, contemplando cada superficie desprendida ya de su función original. Late aquí la misma operación que ejecuta una red neuronal cuando infiere desde su espacio latente: la inferencia se aleja lo suficiente y entonces brota el delirio, forma plena que flota libre de todo referente. El backroom es el delirio vuelto arquitectura; la inteligencia artificial es el backroom vuelto algoritmo, y ambos comparten una misma gramática de la ausencia, un mismo modo de habitar el vacío que dejan las cosas al retirarse.
Vale la pena demorarse en ese origen, porque ahí duerme la clave de todo lo demás. La fotografía nació anónima, mutada por una colectividad difusa mucho antes de llegar a Parsons, y estas palabras lo convocan para nombrar "un recuerdo huérfano de dueño" cuando ella misma, desde su primer instante, ya encarnaba exactamente eso. El foro oscuro fue el primer backroom, la primera maquinaria capaz de producir delirio sin firma, y la inteligencia artificial hereda esa lógica y la automatiza: absorbe la forma de millones de imágenes y conversaciones humanas, alberga un tiempo prestado, y de esa mezcla surge una síntesis estadística, un espacio sintético que opera como molde de una nostalgia puramente estructural, ajena a todo momento efectivamente vivido.
Esos backrooms, sin embargo, ya están habitados, la experiencia digital sostiene una condición estructuralmente liminal, un umbral perpetuo entre un contenido y el siguiente donde la conexión permanente nos instala. El scroll infinito reproduce ese corredor idéntico, y los algoritmos de recomendación erigen la arquitectura que nos devuelve una versión de segunda mano de aquello que alguna vez fue propio, apenas reconocible bajo la luz amarillenta de la pantalla.
Clark regresa fascinado, aunque el espacio lo destruya, y ahí deposita la película su verdadero horror: en aquello que invita a quedarse, a explorar una habitación más y luego otra. La misma fascinación pertenece a quien pide a una aplicación generativa una habitación amarilla de alfombra verde y recibe un espacio idéntico a sus ensoñaciones diurnas, un lugar ya conocido de antemano. La inteligencia artificial cumple esa promesa: convierte el mundo entero en un recipiente de tiempo vaciado, heredero de un foro sin nombre, mientras quien mira, como Clark, continúa caminando.
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