Sabores que no se nos quedan en el paladar y que sin embargo están ahí, vivos en la lengua sin haber pasado por ella, los platillos humeantes de Ghibli, el pastel de chocolate de Matilda, la ratatouille que Remy sirve a un crítico en una cocina parisina, sabores que reconocemos antes de tenerlos en el cuerpo y que el tiempo va sedimentando en ese pliegue interior que solo podemos llamar antojo. ¿A qué sabe lo que nunca se probó, en qué doblez de la memoria se almacena el beso que apenas se fantaseó, la ciudad que se buscó porque ya la habíamos visto en pantalla, esta lluvia que cae sobre mi ventana y llega siempre, sin remedio, después de la de Miyazaki, hasta el punto de que ya no sabría decir si la siento o solamente la reconozco?
El cine no enseña a comer, a besar, a recorrer ciudades, enseña a desearlas con una intensidad de la que el mundo ya no es capaz, y entonces las cafeterías anuncian el pastel de Matilda y no se me antoja repetirlo porque lo que vendieron era la escena, los aviones nos dejan en París y nos sale al paso el patrón de inmundicia, no los sabores de Remy, y aún así uno entra a la sala porque adentro late el mapa que el cine despliega a veinticuatro cuadros por segundo de promesas que jamás van a aterrizar.
Mapa que nos organiza por dentro, cuántos recuerdos de nosotros se han conformado como espectros, el beso legendario que nunca dimos, la mirada que esperábamos sostener porque la habíamos visto sostenida en pantalla, el modo en que querríamos despedirnos como Rick de Ilsa en aquel aeropuerto, hasta el punto de que ya no sabemos dónde termina la vida vivida y dónde empieza la vida prestada, y la imagen, en lugar de quedarse afuera, se cuela dentro y reorganiza lo que entendemos por deseo, afecto, intensidad.
Cuando ese archivo deja de ser horizonte y se vuelve la única norma se habita el conflicto, cuando las relaciones se sostienen sólo en el flujo de la imagen, como en Her, donde dos voces se aman sin cuerpo y nadie nota que falta algo, y no queda afuera donde verificar nada, el lúpulo cinematográfico se nos queda amargo en la lengua, hemos aprendido a desear con una gramática que no sabe aterrizar en nada que no sea otra imagen. ¿Y qué busco entonces cuando entro a una sala, o a mi sala, que a estas alturas da igual? Sospecho que ya no busco moraleja ni mensaje ni catarsis, sino algo más callado, más confuso, busco que me devuelvan la posibilidad de filmar con mis ojos la película que nunca filmé, que me reabran ese mapa que se me pintó con las imágenes, sin caer en la metafísica obvia de decir que el cine es la vida porque eso ya nadie se lo cree.
Al final de Cinema Paradiso, Toto adulto se sienta a ver los rollos que el padre Adelfio mandó cortar de cada película de su infancia y descubre que el cura censuró durante años solo besos, aparece entonces el montaje de besos que su pueblo jamás vio enteros, besos que él nunca vivió, y sin embargo llora, llora frente a aquello que se nos prometió y nunca se nos cumplió, porque los besos que solo se miraron son también una forma imperfecta, oblicua, casi suficiente de haberlos tenido, porque el cuerpo se acuerda incluso de lo que nunca pasó. Y a eso me sabe el cine, no a los besos que di sino a los que vi, no a la lluvia sobre la piel sino a la lluvia dentro del cuadro, no a las ciudades que recorrí sino a las que aprendí a desear sin pisarlas, una sed que no se cura y que, por no curarse, sigue siendo la forma más honesta que conozco de seguir teniendo hambre.
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