Jacqueline García

El banco que nos borró de su mapa

Lobo, Vaca o Caballo

Hace unos años exportábamos miel mexicana a Medio Oriente. Conseguimos, con mucho trabajo, un primer pedido de media tonelada a Qatar. Enviamos el producto y nos quedamos esperando la transferencia. Nunca llegó.

Un día le hablaron a mi apoderada legal desde el banco de la empresa. Le pidieron que fuera a recoger un cheque. Fue, y allí le explicaron que desde Medio Oriente habían intentado transferir una cantidad importante y que la operación tenía todas las características de un lavado de dinero. Al entregarle el cheque le avisaron que mi hijo y yo, los socios, no podíamos volver a abrir una cuenta ahí nunca más.

Lo que había pasado es que el cliente se equivocó. Puso mi nombre con el número de cuenta de la empresa e intentó la transferencia más de diez veces. Un dedazo de un señor en Doha nos costó la relación con un banco mexicano.

Newsletter
Recibe en tu correo las noticias más destacadas para viajar, trabajar y vivir en EU

Cuento esto porque cuando se habla de la brecha de género en los negocios, casi siempre se habla de actitudes: que si nos interrumpen en las juntas, que si preguntan por el dueño. Todo eso pasa. Pero lo que de verdad nos frena es más aburrido y más difícil de fotografiar. Está en los formatos, los requisitos y los criterios de riesgo.

Vean los Censos Económicos 2024. En los negocios micro las mujeres somos mayoría: 50.5 por ciento. En las empresas pequeñas bajamos a 41.9, en las medianas a 37.5 y en las grandes a 37.6. Entramos parejo y nos vamos quedando en el camino. El problema no es que a las mexicanas nos falte arrojo para abrir un negocio. Arrojo nos sobra. Lo que no tenemos es con qué hacerlo crecer.

El Banco de México lo confirma: las empresas de mujeres somos 30.6 por ciento de las acreditadas, pero nuestros créditos representan apenas 24 por ciento del saldo total. Nos prestan menos y más caro, aún cuando los estudios muestran que incumplimos menos que los hombres en condiciones iguales. Eso ya no es prudencia bancaria. Es un mal cálculo.

¿Y de dónde sale? De algo tan simple como la garantía. El crédito empresarial se otorga contra patrimonio, casi siempre un inmueble. Y en el país solo 41.5 por ciento de las viviendas propias tiene como titular a una mujer, contra 56.9 de los hombres. No hace falta que nadie nos discrimine en la ventanilla. Basta con pedirnos algo que la historia no nos dejó tener.

Agréguele el otro cobro. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo, las mujeres dedicamos 39.7 horas a la semana al trabajo doméstico y de cuidados, contra 18.2 de los hombres. Son 21.5 horas de diferencia. Media jornada cada semana que no se usa en vender ni en tocar puertas. Nadie la factura, pero se paga.

Yo no pido compasión. Las empresarias no queremos que nos regalen nada, queremos competir en las mismas condiciones. Y hay dos cosas que se pueden hacer ya.

La primera, que la banca de desarrollo evalúe flujo y no patrimonio. Si una empresa factura, vende y paga, eso debería bastar. Los programas de garantía existen; falta que se usen en serio y dejen de pedir la escritura de una casa.

La segunda, las compras públicas. Hoy menos del 5 por ciento de lo que el gobierno compra se le adquiere a empresas lideradas por mujeres. En Perú ese porcentaje anda en 11. Un contrato de gobierno no es un apoyo social, es la vía más rápida para que un negocio pequeño se vuelva mediano.

De aquella exportación salieron cosas buenas. La ONU y UPS me dieron el reconocimiento mundial como mujer exportadora. Con ese banco nunca me reuní.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Te recomendamos