Una imagen que enfoca una casa con techumbre de color verde, día soleado y de repente, ¡Pum!, onda, expansiva y humo que develan un camino de muerte y destrucción (y un craterzote del tamaño del carajo)... la víctima, el líder de la organización criminal transnacional de origen venezolano "Tren de Aragua", Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias "Niño Guerrero". Su partida de este plano terrenal marca un punto de inflexión no solo en la evolución de esta estructura delincuencial, sino también en la forma en que los gobiernos comunican sus éxitos en materia de seguridad. El hecho habría pasado a formar parte de la larga lista de operaciones contra objetivos de alto valor alrededor del mundo, de no ser porque el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió anunciarlo personalmente mediante un video difundido en sus redes sociales, acompañado de un mensaje triunfalista que presentó la operación como una victoria estratégica contra una de las organizaciones criminales más violentas del continente.
De acuerdo con información difundida por el gobierno estadounidense y confirmada posteriormente por autoridades venezolanas, Guerrero murió durante una operación coordinada entre el Comando Sur de Estados Unidos y fuerzas de seguridad venezolanas. Trump calificó la acción como un "ataque rápido y letal" (literal: ¿on' ta' la casa?....¡ya no ta' la casa!) contra quien describió como uno de los criminales más peligrosos del hemisferio occidental, difundiendo incluso imágenes del supuesto ataque.
Desde la perspectiva policiológica y criminológica, la desaparición física de un líder criminal raramente implica la desaparición de la organización que encabeza (si no pregúntenle al cartel de Sinaloa, al CJNG). La experiencia internacional demuestra que las estructuras criminales modernas poseen mecanismos de resiliencia, descentralización y sucesión que les permiten sobrevivir a la captura o muerte de sus dirigentes ya que son "empresas delincuenciales". Ocurrió con organizaciones mafiosas italianas, con grupos insurgentes colombianos y con numerosos cárteles latinoamericanos. El Tren de Aragua, cuya expansión alcanzó países como Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Brasil, México y Estados Unidos, ha evolucionado desde una pandilla penitenciaria venezolana hacia una red delincuencial, multinacional dedicada a la trata de personas, extorsión, tráfico de migrantes, secuestro, narcotráfico, tráfico de armas y lavado de dinero.
A corto plazo, la muerte de Guerrero probablemente generará disputas internas por el control de rutas, mercados ilícitos y estructuras de mando (como casi siempre ocurre). Estas luchas sucesorias suelen traducirse en incrementos temporales de violencia, fragmentación operativa y aparición de nuevas facciones. Sin embargo, también pueden representar oportunidades para las autoridades si logran explotar las fracturas internas mediante inteligencia financiera, cooperación internacional y persecución judicial coordinada (como decía la vieja táctica romana "dividem et imperam"/"divide y vencerás").
No obstante, el aspecto más relevante de este episodio quizá no sea la eliminación del líder criminal, sino la forma en que fue comunicada. Trump no permitió que la operación hablara por sí misma. La convirtió en un mensaje político. Al aparecer como el principal vocero del éxito operativo, el mandatario estadounidense proyectó una imagen de liderazgo, capacidad ofensiva y determinación. El destinatario inmediato fue la opinión pública estadounidense. Sin embargo, existieron otros receptores igualmente importantes: las organizaciones criminales de toda América Latina.
La comunicación estratégica forma parte de cualquier conflicto. Los gobiernos buscan enviar mensajes de disuasión a quienes consideran amenazas. Al exhibir públicamente la neutralización de un objetivo de alto valor, Washington construye una narrativa donde ningún líder criminal puede considerarse fuera de su alcance. El mensaje es sencillo: si Estados Unidos considera que una organización representa una amenaza directa a su seguridad nacional, sus dirigentes pueden convertirse en blancos prioritarios independientemente de la frontera donde se encuentren.
Es precisamente aquí donde México debe prestar atención ("Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar"). Durante los últimos años, la administración Trump ha elevado progresivamente el discurso contra organizaciones criminales mexicanas, impulsando su tratamiento bajo esquemas propios de la lucha contra el terrorismo. La designación de diversas organizaciones criminales transnacionales como amenazas de seguridad nacional y el lenguaje utilizado por funcionarios estadounidenses apuntan hacia una narrativa cada vez más agresiva. Desgraciadamente el discurso de la administración federal mexicana así como las pruebas tangibles de las acciones hacia grupos delincuenciales no ha sido congruente en algunas ocasiones. Sería absurdo no reconocer que se han hecho avances significativos, sobre todo, después de la pésima política de “abrazos y no balazos” Sin embargo, dichos avances son mínimos a ojos del inquilino de la casa blanca
La difusión pública de la muerte de “Niño Guerrero” puede interpretarse como un ejercicio de marketing político, pero también como una demostración de capacidades (un…¿ya ven lo que podemos hacer?). El verdadero valor del video no radica en mostrar la operación, sino en construir un precedente psicológico. Los líderes criminales mexicanos observan ahora un escenario en el que la persecución internacional puede trascender los mecanismos tradicionales de extradición y cooperación judicial para transformarse en una campaña permanente de presión política, financiera, tecnológica y mediática.
Sin embargo, existe un riesgo inherente a esta estrategia. Cuando las operaciones de seguridad se convierten en espectáculos mediáticos, la línea que separa la comunicación institucional de la propaganda política puede volverse difusa. La historia demuestra que la excesiva personalización de los éxitos gubernamentales genera incentivos para privilegiar acciones de alto impacto mediático sobre estrategias de largo plazo orientadas al fortalecimiento institucional. La eliminación de un líder puede producir titulares; la construcción de instituciones sólidas produce resultados duraderos.
Para México, la lección es doble. Por un lado, la caída de “Niño Guerrero” confirma que la cooperación internacional sigue siendo una herramienta indispensable frente a organizaciones criminales transnacionales. Peeeeeeeeeeeeeeeeeero, por otro, evidencia que la seguridad ciudadana contemporánea también se libra en el terreno de la comunicación estratégica. Hoy los gobiernos no solo capturan o eliminan criminales; también administran narrativas (y la neta, la neta en México andamos fallones en eso).
La pregunta de fondo no es si la muerte del líder del Tren de Aragua debilitará a esa organización. La pregunta es si estamos observando el inicio de una nueva etapa en la que la exhibición pública de objetivos criminales abatidos se convierta en una herramienta sistemática de presión psicológica contra los grandes capos de América Latina. Si esa es la intención, los líderes de las organizaciones criminales mexicanas seguramente ya entendieron el mensaje…no importa donde se escondan o quien los proteja, sabemos en donde están y se encuentran a un click de computadora de tener la oportunidad de entregar en primera persona el equipo al creador.
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