Gilberto Sauza

Necesario potenciar el crecimiento económico del Estado de México

A DETALLE

La reciente publicación del Índice de Competitividad Urbana (ICU) 2026, elaborado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), deja una postal reveladora e inquietante sobre la geografía económica del país.

"Las 10 ciudades más competitivas de México 2026", presenta una lista encabezada por Querétaro, seguida de Guadalajara, Hermosillo, Saltillo y Monterrey. El ranking se completa con Mérida, Chihuahua, Aguascalientes, San Luis Potosí y la CDMX. Al observar el mapa que acompaña los datos, llama la atención la concentración de puntos verdes en el Bajío, Occidente y Norte del país.

Los factores que el IMCO identifica para este índice son claros: empleo formal, mayor productividad, seguridad, gobiernos locales fuertes, atracción de talento e inversión, y una menor informalidad. Estas ciudades han logrado traducir estos indicadores en mejores condiciones de vida y oportunidades para sus habitantes. Sin embargo, al desglosar la lista y analizar el mapa detalladamente, surge una ausencia que desafía toda lógica.

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Pues entre las 10 zonas urbanas más competitivas del país, no figure ni una sola ciudad del Estado de México. Estamos hablando de la entidad federativa más poblada con más de 17 millones de habitantes, y que representa el motor económico indispensable para México. El Estado de México aporta, año con año, entre el 9 y el 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, situándose como la segunda economía estatal más grande, solo por detrás de la propia Ciudad de México.

Su territorio alberga una de las zonas industriales más extensas y diversificadas de América Latina, con más de 120 parques industriales que concentran sectores clave como el automotriz, farmacéutico, alimentario y logístico. Toluca, Tlalnepantla, Naucalpan, Cuautitlán Izcalli y Ecatepec no son simplemente municipios populosos; son centros de producción y consumo que mueven miles de millones de pesos diariamente. El estado cuenta con una fuerza laboral vibrante y una red de infraestructura que conecta el centro del país con las principales rutas de exportación.

¿Cómo es posible, entonces, que un territorio de tal peso económico no haya logrado posicionar a ninguna de sus ciudades dentro del top ten de competitividad urbana? La paradoja es mayúscula cuando el Estado de México genera una inmensa riqueza para la nación, pero este dinamismo económico no se ha traducido en los niveles de competitividad urbana que evalúa el IMCO.

Esta omisión, más que un simple dato estadístico, es un síntoma alarmante de problemas estructurales que no podemos seguir ignorando. La riqueza que se genera en los corredores industriales mexiquenses no impacta proporcionalmente en la calidad de vida de sus trabajadores y habitantes, ni en el fortalecimiento de las capacidades locales para atraer y retener talento e inversión de manera sostenible.

Como sector económico y como gobierno, estamos en deuda con la ciudadanía mexiquense. Las cifras del PIB no sirven de mucho si no se traducen en seguridad, en empleos formales de calidad, en servicios urbanos eficientes, en gobernanza local sólida y en una verdadera reducción de la informalidad.

La exclusión de las ciudades del Estado de México en el ranking de competitividad del IMCO no es un error de medición, es el reflejo de un modelo de desarrollo que, hasta la fecha, ha priorizado la producción sobre el bienestar integral de la población que la hace posible.

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