Gilberto Sauza

Desempleo: tarea pendiente en México

A detalle

La reciente pérdida de más de 320 mil empleos registrada en junio en el mercado laboral mexicano no puede ser considerado como un dato menor ni una simple fluctuación estadística.

Este comportamiento representa una señal de alerta para la economía nacional, al dejar al descubierto un déficit de plazas que impacta de forma directa a cientos de miles de familias. Cuando la generación de puestos de trabajo se frena y, peor aún, se revierte, se daña directamente el engranaje central sobre el cual descansa el bienestar colectivo.

Generar y mantener empleos formales en México es el único camino sostenible para garantizar la estabilidad social, fortalecer el mercado interno y permitir que las personas desarrollen un proyecto de vida con certeza y seguridad social.

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Este tipo de golpes al empleo acarrea consecuencias graves que van mucho más allá de las cifras agregadas en los reportes macroeconómicos. Cuando un trabajador pierde su puesto, la economía familiar se desmorona de inmediato, contrayendo el consumo y arrastrando al comercio local en una espiral descendente. Sin un ingreso constante, se deteriora el acceso a la salud, la educación y la vivienda digna, aumentando la vulnerabilidad ante eventos imprevistos.

Además, la pérdida masiva de plazas debilita la recaudación fiscal y descapitaliza los sistemas de seguridad social, mermando los recursos del Estado para invertir en infraestructura y servicios públicos básicos. El trabajo no solo otorga un sustento económico; brinda identidad, pertenencia y cohesión social, por lo que su ausencia genera frustración, desigualdad e incertidumbre generalizada.

Para dimensionar la gravedad de episodios como el reciente déficit de junio, basta recordar los momentos más oscuros que ha atravesado México en materia laboral. La crisis económica de 1994 y 1995, conocida como el "Error de Diciembre", provocó una histórica ola de despidos y la quiebra masiva de empresas, borrando de golpe cientos de miles de plazas y sumiendo al país en una severa recesión.

Años más tarde, la crisis financiera global de 2008 y 2009 asestó otro duro golpe a la planta productiva nacional, frenando de seco la contratación y mermando las exportaciones. No obstante, el impacto más devastador en la historia reciente se vivió durante la pandemia de COVID-19 en 2020, cuando el confinamiento y el cierre de actividades destruyeron más de un millón de empleos formales en cuestión de meses.

Cada uno de estos periodos dejó cicatrices profundas que tardaron años en sanar, demostrando que destruir empleos es rápido, pero reconstruirlos exige un esfuerzo gigantesco.

En la actualidad, cuando la generación de vacantes no alcanza para cubrir la demanda de la población que ingresa cada año a la fuerza laboral, la informalidad se convierte en el refugio inevitable para sobrevivir. Sin embargo, este sector no ofrece pensiones, atención médica ni garantías, perpetuando un círculo de precariedad. En el país seguimos esperando estrategias para la creación de empleos, formales y para lograr atender el incremento de la informalidad y llevar a estas personas hacia la formalidad a millones de mexicanos, que no encuentran otra forma digna de ganarse el sustento digna de cubrir sus necesidades.

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