Hacer un análisis de la realidad económica actual en México, es dar lectura a los datos que indican que el costo de la alimentación se ha disparado un 67 por ciento en los últimos ocho años, lo que revela un golpe al poder adquisitivo de las familias mexicanas.
Este fenómeno, no es tan sólo un evento aislado, sino la culminación de una tendencia inflacionaria que ha golpeado de manera más profunda a los productos de la canasta básica en comparación con el índice general de precios al consumidor. Para dimensionar esta tragedia financiera, es necesario observar la trayectoria histórica: hace apenas una década, la inflación en México se mantenía en rangos del 3 al 4 por ciento, niveles que permitían una relativa planificación del gasto doméstico.
Sin embargo, la combinación de factores externos, como la ruptura de las cadenas de suministro globales tras la pandemia y conflictos geopolíticos, junto con factores internos como el aumento en los costos de logística y seguridad en las carreteras nacionales, ha creado una tormenta que se refleja diariamente en el plato de los mexicanos.
El incremento del 67% es alarmante porque supera con creces los incrementos salariales nominales que se han otorgado en el mismo periodo. Aunque el salario mínimo ha experimentado aumentos porcentuales históricos, la realidad es que el "salario real", lo que realmente se puede comprar con ese dinero, ha quedado rezagado frente a la inflación de alimentos.
Productos esenciales como el huevo, la tortilla, el frijol y el aceite han registrado picos de precios que duplican o incluso triplican la inflación general en ciertos periodos. Históricamente, México ha pasado por crisis de precios memorables, como las de los años 80 o la crisis de 1994, la diferencia actual radica en la persistencia del costo de los servicios y alimentos procesados.
Esta situación ha provocado que el gasto destinado a la alimentación absorba hoy una proporción mucho mayor del ingreso total de los hogares, obligando a las familias a sacrificar otros rubros esenciales como la salud, la educación o el ahorro. El impacto es regresivo, pues afecta de manera desproporcionada a quienes menos tienen, ya que en los deciles de menores ingresos la alimentación representa casi el 50% del gasto total.
Lo que antes alcanzaba con una jornada laboral, hoy se requiere un esfuerzo significativamente mayor, generando un sentimiento de frustración social y estancamiento económico.
Los datos históricos sugieren que cuando el precio de la tortilla y el pan se eleva por encima del 50 por ciento en un periodo corto, se altera la estructura nutricional del país, sustituyendo proteínas por carbohidratos más económicos, pero menos nutritivos.
Este encarecimiento de los productos es un recordatorio de que, a pesar de la estabilidad macroeconómica del tipo de cambio o el control de la deuda, la microeconomía, la economía del bolsillo, está sufriendo una presión que compromete la movilidad social y el bienestar a largo plazo.
El reto durante 2026 no es solo contener la inflación general, sino focalizar esfuerzos en la cadena de producción de alimentos para evitar que comer sea el gasto más prohibitivo para la población mexicana.
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