Al momento de redactar estas líneas seguimos a la espera de una respuesta por parte de las autoridades que, según un comunicado difundido el 18 de agosto pasado, trabajan en la elaboración de una estrategia para garantizar el regreso seguro de visitantes y prestadores de servicios turísticos al Nevado de Toluca.
El volcán fue cerrado “indefinidamente” tras el accidente ocurrido hace casi tres semanas, en el que trece personas resultaron heridas, de acuerdo con diversos medios locales.
Proteger a quienes acuden al Xinantécatl no está a discusión. Resulta obvio. Lo cuestionable es que la postura de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, responsable de atender esta situación, parece responder más a la coyuntura que a una estrategia de fondo. El paso de los días así lo confirma.
En este espacio, al menos en dos ocasiones este año (24 de enero y 1 de febrero), advertimos sobre el riesgo de las interminables filas de automóviles y autobuses repletos de turistas atraídos por la nieve ocasional. Lo que no siempre se dimensiona con la misma claridad es el daño constante a un ecosistema de por sí frágil.
La reacción oficial no tardó entonces. En estas mismas páginas de EL UNIVERSAL Estado de México (3 de febrero) quedó asentada la postura de la titular de Medio Ambiente estatal, Alhely Rubio Arronis, sobre evaluar junto con el Gobierno federal una “nueva posible modificación de la figura del Nevado de Toluca”, pues “la categoría actual no ha cumplido con su objetivo de conservación”. ¿Les resulta familiar?
Esa declaración no hizo más que coincidir con lo que especialistas advertían. “El cambio de Parque Nacional a Área de Protección de Flora y Fauna en 2013 fue un rotundo fracaso”, sentenció el doctor en ciencias ambientales y catedrático del Tecnológico de Monterrey, Carlos Pérez Almazán. El diagnóstico es, simplemente, contundente.
Mientras tanto, el volcán que nos ha otorgado identidad cultural y belleza postal permanece impasible. No distingue entre visitantes y prestadores de servicios: ha soportado la saturación y la irrupción de vehículos todoterreno; admite botellas de plástico abandonadas y tolera estacionamientos improvisados. Todo, a la espera de decisiones administrativas de buena fe -en el mejor de los casos-, pero siempre a expensas de su propia sobrevivencia.
El llamado de la montaña nos recuerda, una vez más, las palabras del naturista estadounidense Robert Green Ingersoll: “En la naturaleza no hay recompensas ni castigos, hay consecuencias”.
Brújula.– A una década de su creación, la Policía de Alta Montaña y Agreste, adscrita a la Secretaría de Seguridad del Estado de México y capacitada en su momento por el colectivo civil Montañistas Unidos, reporta haber atendido 317 apoyos durante el primer semestre de este año. Encomiable. Aunque no basta con cuidar a los visitantes, si no protegemos también a nuestras montañas.
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