Este fin de semana, cuando el Día Internacional de la Mujer domine conversaciones y espacios públicos, conviene volver la mirada hacia la montaña, un territorio que no consiente simulaciones. Aun en medio de condiciones extremas o quizá por ello mismo, la naturaleza —en su sentido más amplio— nos revela que la libertad no es cuestión de género, sino de condición humana.
Aunque por décadas se minimizó la presencia femenina, la montaña no concede ventajas ni impone etiquetas. La altura no es cuestión de prejuicios; demanda respeto, preparación y humildad. En 1975, Junko Tabei se convirtió en la primera mujer en alcanzar la cima del Monte Everest (8,848 metros), y desde entonces ha inspirado a otras mujeres a seguir su ejemplo.
Una de ellas fue la mexicana Elsa Ávila, quien en 1999 repitió la hazaña y pasó a ser la primera mujer latinoamericana en conquistar la cumbre del techo del mundo. Al igual que la japonesa Tabei, no se detuvo frente a la discriminación y el recelo de sus compañeros; ni siquiera la necesidad de usar ropa y equipo diseñado para hombres fue impedimento.
Muchos saben cuál es la montaña más alta del planeta y quiénes fueron los primeros seres humanos en alcanzar su cima. Lo que pocos saben es que esa elevación, nombrada en 1865 como Monte Everest, ha sido siempre para el pueblo tibetano la Madre Diosa del Universo (Chomolungma), una presencia femenina asociada al origen de la vida, el agua y el sustento.
Por ello, el llamado de la montaña nos invita a revisar los patrones arraigados que aún insisten en marcar diferencias que no deberían existir. Su lección es clara: en la naturaleza, cada ser ocupa un lugar y su equilibrio depende de la armonía.
Sabemos que el ascenso es gradual y que cada paso ganado cambia la perspectiva. Ninguna cumbre es definitiva; siempre habrá otra elevación en el horizonte. Sin embargo, la igualdad debe trascender las declaraciones simbólicas; así como en la montaña no existen atajos, tampoco los hay en la lucha por el reconocimiento pleno de las mujeres.
Porque arriba, en la montaña, y abajo, en la sociedad, no basta con llegar: importa que todas lleguen en las mismas condiciones. Como advirtió Eleanor Roosevelt: “Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”.
Brújula. No olvidemos que, en julio del año pasado, Ana Amelí desapareció luego de subir al Pico del Águila (3,930 metros), ubicado al sur de la Ciudad de México. Desde entonces, sus familiares y amigos la han buscado sin éxito, a pesar del apoyo de organizaciones civiles y del esfuerzo de las autoridades.
Tal como lo hicimos en su momento, lamentamos que la inseguridad haya alcanzado a nuestras montañas y recordamos también que acercarnos a ellas exige preparación física y responsabilidad.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex

