Se dice que el mejor montañista es aquel que regresa vivo. Una frase que revela la aparente contradicción de quienes estamos dispuestos a llevar el riesgo al límite para sentirnos plenamente vivos.
La historia del alpinismo está marcada por grandes ascensiones y también por tragedias que han dejado huella en la memoria de quienes practican esta actividad. ¿Qué significado adquiere la muerte de un montañista? ¿Cómo se recuerda a quienes no regresaron y qué podemos aprender de sus historias?
En un análisis publicado por la Escuela del Clima de la Universidad de Columbia en 2024, el antropólogo Marcos Mendoza examina cómo los clubes de montaña, los medios de comunicación y las plataformas digitales contribuyen a construir el significado cultural de estas muertes. Sus relatos preservan la memoria de quienes fallecieron y también pueden cumplir una función preventiva: explicar las circunstancias de un accidente y advertir a otros sobre los peligros de determinadas rutas.
Sin embargo, recordar a quienes perdieron la vida no significa convertir su muerte en una hazaña. La cultura del alpinismo ha producido relatos que presentan la decisión de asumir riesgos y el sacrificio como parte de la grandeza de una expedición. Aunque estas interpretaciones pueden ayudar a dar sentido a una pérdida, también es necesario preguntarnos cuándo el reconocimiento de una gesta termina por idealizar el peligro. Ninguna cumbre necesita una vida como ofrenda.
La muerte en la montaña plantea, además, una cuestión de dignidad. En enero de 2026, la Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo publicó una declaración sobre el respeto a las personas fallecidas, en la que distingue entre la documentación de accidentes con fines periodísticos, educativos o históricos y la difusión de imágenes explícitas sin contexto ni consideración por las víctimas y sus allegados. Su postura es clara: una tragedia en la montaña no debe convertirse en espectáculo.
En su análisis, Marcos Mendoza también aborda los sesgos cognitivos: formas de pensar que pueden llevarnos a interpretar equivocadamente una situación o a subestimar sus riesgos. Ni la experiencia ni el conocimiento del peligro garantizan que siempre lo valoremos correctamente, y la posibilidad de un accidente nunca desaparece por completo.
Quizá por eso las montañas nos confrontan de manera tan directa con nuestra mortalidad. Nos recuerdan que no tenemos el control absoluto sobre las condiciones que enfrentamos y que la determinación, por sí sola, no garantiza un regreso seguro. Saber cuándo continuar y cuándo detenerse también forma parte de la experiencia.
Honrar a quienes fallecieron no consiste en idealizar su muerte, sino en preservar sus historias, respetar su dignidad y aprender de lo ocurrido. Porque una cumbre puede representar el objetivo de una expedición, pero nunca debería valer más que la vida de quien intenta alcanzarla.
Brújula. La reapertura del Nevado de Toluca sigue en evaluación y sin fecha confirmada. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas continúa trabajando en un nuevo esquema de visitas que ordene el turismo y reduzca la presión sobre los ecosistemas. Es decir, nada nuevo bajo el sol. Mientras tanto, el reciente operativo de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente confirma el persistente problema de la tala clandestina en esta área de protección de flora y fauna y su zona de influencia. El tiempo apremia.
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