Desde el comienzo de estas entregas, nos propusimos averiguar por qué el ser humano se ha sentido atraído por las montañas, que en épocas remotas eran territorio de misterio y temor. Se pensaba que sus cumbres eran habitadas por seres sobrenaturales capaces de desatar tormentas, avalanchas y erupciones volcánicas. Su dimensión espiritual ha sido igualmente motivo de veneración.
Para nuestros antepasados eran sitios sagrados. Subían a ellas para ofrecer tributo a sus divinidades, principalmente asociadas a la fertilidad y a la vida misma. Funcionaban como observatorios naturales que les permitieron comprender el movimiento de los astros, medir el paso del tiempo y ordenar un calendario agrícola que garantizara su subsistencia.
Por ello, donde no existían grandes elevaciones naturales, se construyeron templos que hoy son nuestro patrimonio cultural y testimonio de su conexión con la naturaleza. Procuraban vivir en armonía con su entorno. En otras latitudes, se construyeron monasterios a alturas considerables, lo mismo en Europa que en Asia. Como puente natural entre la tierra y el cielo, las montañas han simbolizado lo divino. Así, en las principales religiones son un referente continuo.
Además de su dimensión espiritual, su belleza y majestuosidad han sido fuente de inspiración para artistas: pintores, músicos y escritores. Sobre todo, durante los siglos XVIII y XIX, cuando la curiosidad científica impulsó la exploración de los grandes macizos en los Alpes (de donde derivó el término "alpinista"). Más tarde surgirían también intereses militares y expansionistas.
Entonces, empezó a hablarse de conquistas, competencias y rivalidades. Pero las montañas seguían ahí, permitiéndole al ser humano poner a prueba su resistencia física, perfeccionar técnicas y desarrollar herramientas para lograr cimas que parecían imposibles.
Frente a la aparente ilusión de superioridad, el ser humano moderno recurre a la tecnología para disminuir el peligro. Algunos utilizan sustancias para mejorar el rendimiento, aunque ello implique relegar las hazañas del pasado, muchas de las cuales terminaron en tragedias. La aparición del turismo de montaña aceleró la degradación que pone a muchas de ellas al borde del colapso ambiental.
Incluso así, nos siguen advirtiendo del desastre ecológico al que nos encaminamos como especie: incendios forestales, derretimiento de glaciares, tala clandestina e indiscriminada de bosques, agotamiento de los suelos y sequías prolongadas. Aquel miedo y respeto que alguna vez nos inspiraron se ha transformado en indiferencia y pasividad.
Tal como lo señaló recientemente el actor Harrison Ford, quien en los últimos años ha participado en distintas iniciativas de conservación ambiental, "la humanidad es parte de la naturaleza, no está por encima de ella". Al dirigirse a estudiantes de la Universidad Estatal de Arizona, Estados Unidos, hizo un llamado a promover un cambio cultural basado en la justicia social y el respeto hacia los pueblos indígenas.
La montaña continúa enseñándole al ser humano aquello que con frecuencia olvida: su conexión con la naturaleza y los límites de su propia codicia.
Brújula. En efecto, para muchos pueblos originarios, su territorio sigue siendo un espacio sagrado, memoria colectiva y un vínculo espiritual con la tierra. El desplazamiento forzado de comunidades enteras en la Montaña Baja de Guerrero evidencia su lucha por defenderse del despojo sistemático, frente al avance de proyectos mineros y grupos económicos que no dudan en recurrir a la violencia.
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