Emilio Estrada Boyso

Hollywood: entre tragedia y espectáculo

El llamado de la montaña

En el cine de Hollywood, el montañismo suele aparecer como escenario de tragedias o hazañas heroicas. Las historias de rescates imposibles o de protagonistas solitarios que desafían a la muerte e intentan sobrevivir a una naturaleza implacable son frecuentes. Aunque existen excepciones, el género que mejor ha retratado la relación entre el ser humano y la montaña ha sido el documental. Apenas en 2019, Free Solo ganó el Óscar en dicha categoría; un reconocimiento poco habitual para una película centrada en la escalada.

La forma en que la industria del séptimo arte representa a la montaña se aleja notablemente de la realidad. En las cintas más populares, las cumbres se reducen a escenarios de catástrofe o de exaltación del heroísmo individual. Títulos como Vertical Limit (2000) o Everest (2015) privilegian la espectacularidad sobre la autenticidad.

Frente a esa tendencia, el documental contemporáneo ha ofrecido una mirada distinta. Además de Free Solo, destacan trabajos como The Dawn Wall (2017), Meru (2015) y The Alpinist (2021), que dan cuenta de la preparación, las decisiones técnicas y la conciencia permanente del riesgo. Más que glorificar el logro de la cima, estos relatos revelan la dimensión humana del montañismo: paciencia, miedo y equilibrio entre ambición y prudencia.

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Mención aparte merecen las películas donde la montaña funciona como un espacio simbólico de transformación. En Seven Years in Tibet (1997), los Himalayas acompañan la transformación interior del protagonista interpretado por Brad Pitt. Algo similar ocurre en Brokeback Mountain (2005), donde el paisaje abierto se convierte en territorio de libertad frente a los prejuicios sociales.

Incluso en historias de supervivencia como Alive (1993), ambientada en la Cordillera de los Andes, la montaña aparece como una fuerza indomable que pone a prueba la solidaridad humana. En 127 Hours (2010), se privilegia el drama psicológico y la resiliencia ante la adversidad extrema.

En el caso de nuestro país, el material es muy escaso. Existen dos documentales producidos recientemente: Sueños de altura (Jhasuá Medina, 2021) y Yalung Kang (Verónica De la Luz, 2023). El primero es un homenaje a los pioneros de la escalada en México; el segundo, un testimonio de la primera expedición mexicana a la Cordillera del Himalaya en 1980. Ambos trabajos tienen un valor histórico excepcional, cuya difusión se ha limitado al circuito de muestras y festivales de cine.

Sin dejar de mencionar Epitafio (Rubén Imaz y Yulene Olaizola, 2015), un drama histórico basado en un pasaje de la crónica de Bernal Díaz de Castillo —Historia verdadera de la conquista de la Nueva España—, que recrea el ascenso de tres soldados españoles al Popocatépetl en 1519; una obra singular rodada en escenarios naturales, a más de 4 mil metros de altura en el Pico de Orizaba. Por desgracia, su exhibición comercial fue tan breve como limitada.

Así, las superproducciones con temática de montañismo, al igual que el icónico letrero de HOLLYWOOD ubicado en la parte alta del Mount Lee, dentro del Griffith Park, en Los Ángeles, California, convierten esa cima en símbolo de un espectáculo ficticio, donde el heroísmo se exagera, la tragedia se dramatiza y la naturaleza se reduce a mera escenografía.

Brújula. Aunque las películas sobre catástrofes naturales suelen gozar de gran éxito en taquilla, en la vida real los incendios forestales son un peligro permanente para nuestros bosques. Esta semana, autoridades federales, estatales y municipales sofocaron un brote de fuego en el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl, una de las áreas naturales más emblemáticas del centro del país.

En lo que va del año, según el último reporte de la Comisión Nacional Forestal, en el Estado de México se han registrado 229 siniestros que han afectado una superficie de 1,901 hectáreas, lo que ubica a la entidad en el octavo lugar a nivel nacional. No hay duda: la verdadera amenaza para nuestras montañas ocurre lejos de la gran pantalla.

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