En los últimos años, conquistar la cima del Everest (8 mil 848 mts) se ha convertido en un negocio cada vez más lucrativo para la industria turística. El sentido tradicional de autosuficiencia y reto personal se ha ido desdibujando: quien puede pagar, sube. Llegar a la cumbre y tomarse una selfie es, quizá, uno de los actos más ostentosos de nuestra época.
Por eso, la noticia de que autoridades de Nepal han descubierto un esquema de fraude, entre 2022 y 2025, mediante rescates forzados o innecesarios, con pérdidas para aseguradoras extranjeras cercanas a los 20 millones de dólares, no es un episodio aislado. Todo apunta a una red que involucra a guías, agencias de viaje, servicios de ambulancias aéreas y personal hospitalario en más de 300 casos.
Lo que resulta alarmante es el modus operandi, consistente en persuadir a clientes con poca experiencia para abandonar la expedición bajo supuestos síntomas de mal de altura que, según diversos reportes periodísticos, habrían sido inducidos mediante sustancias añadidas a alimentos o bebidas.
Lo anterior, con tal de activar las evacuaciones en helicóptero -uno de los recursos más caros del turismo de alta montaña- y detonar una estela de cobros simulados con cargo a las aseguradoras. El negocio ya no era saturar las rutas de ascenso. Resultó más redituable enfermarlos.
Si en este espacio ya habíamos cuestionado el uso de gas xenón, prohibido en otros deportes de élite, para mejorar el rendimiento físico, hoy el incentivo parece invertirse: intoxicar para forzar rescates y falsificar facturas por servicios hospitalarios. De ser así, implicaría un engaño sistemático y una profunda crisis de credibilidad.
Hasta el momento, la Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo ha guardado silencio, probablemente, en espera de que concluyan las investigaciones. Sin embargo, de confirmarse los señalamientos, se agravaría la situación de la montaña más alta del planeta asediada por la explotación comercial y el deterioro ambiental.
Mientras la misión Artemis II mantiene la mirada global y empuja los límites de la exploración humana, en el Everest la lógica del mercado reduce la cima a una transacción y convierte el riesgo en mercancía.
Brújula. Se cumplen hoy ocho meses de que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas determinó el cierre del Nevado de Toluca (4 mil 680 mts), tras la volcadura de una camioneta que trasladaba a un grupo de paseantes, la tarde del domingo 10 de agosto, con saldo de trece heridos.
Cuando se anunció la reapertura del Xinantécatl para el 18 de octubre, priorizando el ingreso a pie a la parte alta del volcán, el grupo de conductores que operaba el servicio de transporte irregular rechazó la propuesta; desde entonces, el acceso a la cuarta montaña más alta de México sigue cancelado de manera indefinida.
En espera de que las autoridades cumplan con el ofrecimiento inicial de proponer una “nueva modalidad de atención turística” que garantice la seguridad de los visitantes, proteja el entorno natural y promueva actividades recreativas responsables, queda claro que el lucro desmedido pone en riesgo a las personas y la falta de una regulación adecuada profundiza la ya precaria condición del volcán.
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